miércoles, 17 de noviembre de 2021

Romance de maleficio

Mi abuela vivía en una casita de planta baja a las afueras la ciudad. La edificación de líneas sencillas donde la fachada mostraba una puerta marrón se abría en dos hojas y un par de pequeñas ventanas con rejas.

Encalada de un blanco que en ocasiones el frío de la tarde entonaba de un insólito añil contrastaba y realzaba su único adorno, un rosal trepador que escalaba la altura hasta el tejado poniendo a salvo la sangre oscura y satinada de sus rosas.

Mi abuela prohibía que nadie cortarse ni una sola de sus rosas trepadoras.

Su prohibición atrajo mi deseo a un campo irradiado de tentación y yo cuando iba de visita las miraba de reojo en lo alto codiciándolas con una violencia secreta.

Al final del verano el rosal decidió, quizá hastiado de tanto escalar, descender por la fachada para favorecer una accesible tentativa. Ocurrió así porque de puntillas pude arrancar una y sin que nadie lo advirtiera corrí con mi botín hacia la parte trasera de la casa hasta el fondo del prado donde dormían un sueño de sombras el pozo con la higuera.

Allí escondida abrí la mano herida por las espinas y la rosa intacta en mi palma era suavísima, al acercarla a mi cara su olor me cerró los ojos y como en un cuento la maravilla de aquel aroma semejó al hechizo de una pérfida reina o una bruja perversa y temí que si dejaba de olerla moriría.

La reina bruja del cuento de mi infancia, no era otra que mi abuela que había envenenado y desmoronando mi realidad hasta entonces ignorante de sus complejidades porque  meses antes de arrancar la rosa intuí que mi abuela no me quería. 

Por qué, jamás tuve una respuesta a esa incógnita, ninguna razón oscura y oculta por su parte me fue revelada que pudiera enriquecer de fantasía lóbrega mi cuento. 

Me temo que la razón demostró ser tan prosaica como sencilla y es que no existía ninguna.

Me dolió el zarpazo de su indiferencia como lastima siempre el amor no correspondido pero ambas disimulamos siempre, ella su desamor y yo mis ansias de echárselo en cara.


Escuché la llamada para irnos, queriendo evitar que me atraparan oculté la flor entre las matas de ortigas que a mansalva bordeaban el linde más descuidado del prado. Sentí al hacerlo la quemazón de las ortigas luego convertida en ampollas que escociendo ocultaban su verde ardor entre los rojos arañazos.

Nadie conoció mi castigo, luego mucho más tarde, el olvido hizo reiterado su trabajo llevándose el resquemor de ampollas y arañazos, los desdenes de mi abuela, mi dolorida rabia mientras el tiempo se hacía cargo de la niñez.

Los cuentos escriben felicidad colorada en sus finales resueltos los hechizos que tejieron brujas o hadas para que cerremos el libro, desaparecidos los encantamientos, los dones de la magia, sus dogmas y que así todo concluya o lo simule porque más allá de tiempo u olvido a veces acecha regresando el maleficio embriagador de aquella rosa y me perfuma.