martes, 8 de diciembre de 2015

La muralla


Nadie sabe con certeza si fue el mes de julio o de noviembre, si era el verano u el otoño
del año MCVIII o el MCIX.
La Ábila con b despertó esa madrugada en el reinado del rey Alfonso VI detrás de su muralla medieval con sus barbacanas, almenas, puertas, torreones, cadalsos y fosos vacíos. 
Las voces de la primera mañana eran unos puntos sobre el cielo que moviendo sus alas de ventolera graznaban chillidos de cuervos y urracas.
En la soledad de intramuros cercana a la basílica de San Vicente, dos niños y una niña jugaban a los reyes y las reinas con espadas y coronas de ramas. 
Jugando a la leyenda que nadie sabe con certeza si nunca sucedió.

Os he vencido Majestad, grito el niño más alto y desgarbado.

Rodrigo de Vivar, llamado el Cid 
¿Por qué osáis combatir contra vuestro rey y os negáis a rendirme lealtad? le respondió el chiquillo rubio vestido de harapos.
La niña los miraba, callada con un libro entre sus manos.

Vos y vuestra hermana aquí presente, la reina Doña Urraca habéis conspirado la vil muerte de Don Sancho, rey de Galicia y hermano vuestro. 

Por ello no puedo seros un súbdito leal, ni juraros fidelidad y a menos que probéis vuestra inocencia, ni yo ni nadie de los que me siguen podrá aceptaros como soberano y destrozará esta sospecha vuestro reinado, respondió el niño Cid.
El niño rey apuntó con su espada de madera el pecho del jubón de su amigo al decirle:
¿Cómo puedo demostraros mi inocencia?

Jurando ante Dios y sus Sagradas Escrituras, respondió el otro niño apartando la espada.

¿Acaso no os dais cuenta de vuestra afrenta? 

Me doy cuenta mi Rey y señor Alfonso VI.

Juraremos, mio Cid.

La niña asintió con la cabeza abriendo el pequeño libro.
El niño harapiento posó su mano sucia sobre una de las hojas y esperó a que el otro continuara.

¿Juráis que no habéis tramado ni ordenado, ni vos y vuestra hermana Doña Urraca, la muerte del rey Don Sancho?  

Lo juro ante Dios, exclamaron los dos niños a la vez.


Durante un segundo el niño Cid se mantuvo en silencio, al volver hablar dijo:
Si vuestro juramento fuera falso, permita Dios que muráis como Don Sancho a manos de un traidor y por la espalda. 
Decid Amén.

Amén, dijeron al unísono.

Retumbó un estrépito de cascos de caballería y también corrieron los niños entre los palacios que defendían cada puerta.
Un ciego atraído por la cabalgada caminaba con su cayado, guiándose con su mano por las piedras de la muralla.
Al tocarla la muralla vivía en el tacto rugoso de sus dedos arrugados y otra vez le contaban  su historia de fortaleza romana, integradas aquellas piedras de su necrópolis, las estelas funerarias donde alojaron sus cenizas aquellas legiones del águila.
Sólo él también encontraba en los intramuros que se reforzaban y extendían los toros, cerdos y  vacas esculpidos por aquel otro pueblo indígena, los vettones que marcaban los pastos verdes de sus tierras.
La muralla aglutinaba el pasado, el presente y el futuro siendo memoria fiel protegiendo sus íntimas moradas.
El ciego posó su cayado sobre el hombro de uno de los tres niños cuando entró en la plaza, poco antes de que el ejército de Ávila saliera por la puerta de San Vicente para luchar contra los musulmanes en el puerto de Menga.
La muchedumbre aclamaba vítores para despedir a los soldados. 
Una mujer joven y muy seria los miraba irse, su esposo el alcalde Fernán López de Trillo, la abrazó y antes de montarse en su cabalgadura le dijo: 
Mi señora Ximena, quedáis encomendada del gobierno de Ávila.

Al pasar el último de los soldados, la gobernadora Ximena Blázquez habló por fin para decirles a, las mujeres, los ancianos y los niños, que se dispersaran y se ocuparan de sus quehaceres cotidianos.

Los tres niños que en realidad se llamaban Alonso, Teresa y Hernando también se separaron al llegar el medio día y también retornó el ciego a su esquina, sacando del hatillo su flauta y con una dulce melodía llenó su platillo con monedas de cobre.
Los días siguientes detrás de la cuidad amurallada se revistieron de la calma que suele preceder a una tormenta.
Ávila fronteriza entre reinos cristianos y moros era el plato suculento dispuesto a alternarse entre espadas y jinetas.
Suelen volar las noticias así que enterado de la ausencia de las tropas cristianas el Califato de Córdoba, decidió sitiar y conquistar esta ciudad ahora desvalida.
El Califa Hisham II señor todopoderoso de Córdoba, guardaba las apariencias del poder pero quien era su cerebro, su corazón y su brazo armado no era otro que su tutor, Almanzor.
La ocasión de conquistar Ávila nunca se presentó tan propicia.
El caudillo Almanzor envió un ejército al mando de Abdalla Alhanzen con ordenes de ocuparla.

Los pendones verdes y con medias lunas blancas, ondearon con viento a favor, de improviso una mañana, siendo los heraldos que desde la lejanía, alertaron a los habitantes de Ávila del peligro que aroximándose les amenazaba.
Ximena se encontraba en sus habitaciones cuando uno de los pocos escuderos que se había quedado, le notificó las malas nuevas.
Sígueme, ordenó Ximena al escudero y fue conminando a todos con los que se encontraban que mantuvieran la calma y fueran cerrando las puertas de la muralla.
Así se hizo; Ximena iba leyendo en todas la miradas el pánico y la sorpresa. 
Subió las escaleras hasta uno de los torreones de planta cuadrada de la puerta del Carmen, las sombras alargaban las almenas sobre la yerba. Desde allí comprobó como las huestes musulmanas ya se habían atrincherado a una prudencial distancia pero que seguirían avanzando.
El escudero permanecía a su lado, entonces ella le preguntó que cuántos escuderos se habían quedado a intramuros.
Unos treinta, respondió él.
Ximena bajó la cabeza y bajó los peldaños de la escalera mientras mujeres,  ancianos y  niños la miraban en silencio interrogantes.
Fue caminando lentamente hasta el centro de la plaza del ayuntamiento, ocultando sus manos en las mangas de su vestido, para que nadie percibiera el temblor de sus dedos.
No estoy dispuesta a entregar Ávila, les dijo.
Es imposible resistir, es una defensa suicida, respondió un anciano.
Tenemos a nuestro favor la altura y lo inexpugnable de nuestra muralla, podemos resistir hasta que vuelva nuestro ejército, le contestó Ximena.
Es imposible soportar un asedio, nuestro ejército ignora la situación y tampoco sabemos cuando volverán, no tenemos víveres ni agua suficiente para resistir, únicamente unos días. 
Los hemos visto desde los torreones, los musulmanes son un ejército numeroso, que podrían incluso escalar la muralla sin que pudiéramos apenas contenerles. Lo más razonable y por el bien de los ciudadanos, sería rendir la ciudad abriéndoles las puertas, aconsejó el anciano.

¿Tenéis idea, mi señor Lope Dávila, lo que harían las huestes musulmanas con todos nosotros? 
Matarían a los ancianos, a las mujeres y los niños nos convertirían en esclavos.
Os pido, os ruego abulenses unas horas hasta el anochecer para tratar de hallar una salida que nos salve.
Si no consigo encontrarla, entonces me someteré a vuestra voluntad, sea la que sea.

La mujeres y los ancianos congregados asintieron en silencio y los niños la miraron apesadumbrados irse, hasta que desapareció tras la puerta de la alcaldía.

En su recámara Ximena dio rienda suelta a lo que hasta entonces había contenido, un estremecimiento que sacudió todo su cuerpo.
Se sentó delante de la chimenea observando al fuego crepitando las llamas y así estuvo en una absoluta quietud, hasta que atardeció.
Una doncella entró entonces en la recámara, traía una copa de vino, un vino espeso muy oscuro, como la sangre del toro.
Ximena tomó la copa, levantó la cabeza y dejó que todo el vino resbalara por su garganta.
Reúne a todas y todos en la plaza, incluidos los niños, le dijo a la mujer. 
¿Vais a entregar Ávila?
No Elvira, reúnelos y después ven a buscarme.


En la plaza la esperaban expectantes.
Ximena con voz firme habló:
En situaciones desesperadas hay salidas desesperadas. 
Escuderos, coged vuestras armas, saldréis y con sigilo atacaréis el campamento musulmán. 
Ya sé que sois sólo treinta hombres, pero la sorpresa jugará a nuestro favor, con que hiráis y matéis algunos de ellos es suficiente. 
Después volveréis presto, os estaremos aguardando para una vez que regreséis cerrar de nuevo las puertas.
Idos ya, que Dios os guarde.
Los escuderos asintieron y siguieron sus ordenes.

Al resto les dijo: 
La segunda parte toca de nuestra cuenta. Seguidme todos a la armería. 
Vamos no hay tiempo que perder, la noche también es nuestra aliada.

La oscuridad era total cuando los escuderos volvieron después de ejecutar con éxito su escaramuza.
Las puertas se cerraron tras ellos, alguien les ordenó que subieran a las almenas.
Abdallah Alhazen desconcertado y airado ordenó a sus tropas que se agruparan para atacar la ciudad.
Al llegar a los pies de la muralla, los gritos y las trompetas de guerra les esperaban con teas, antorchas y hogueras encendidas tiñendo de rojo las paredes de las barbacanas. 
Sobre la muralla en la puerta del San Vicente, Alhazen y sus huestes entrevieron en lo alto de las almenas a un incontable ejército cristiano que les aguardaba.
Lo que no distinguieron es que detrás de aquellas armaduras, de las cotas de malla, los cascos y los yelmos ocultaban a las mujeres, los niños y los ancianos blandiendo las antorchas y las espadas.
Abdallah impresionado, abandonó la idea de rendir la ciudad, dieron media vuelta y se retiraron con destino a Talavera.

Desde arriba los habitantes de Ávila los miraron irse y desaparecer.
Los gritos de júbilo se oyeron hasta la mañana y niños mujeres y ancianos se abrazaban de continuo con sus vestiduras de guerra.

Cuando el sol calentó las piedras del suelo amurallado, Ximena sonreía mientras su largo pelo brillaba asomando debajo del yelmo reluciente.



miércoles, 26 de agosto de 2015

Diagnóstico


Escudo mío
inútilmente te derramabas
haciendo de mí
una campiña asediada por Marte
luchando a trifulcas tus ciudadanías
con pasaportes solubles
palpitando
insomnes, sudorosas,
famélicas, afónicas 
herrándose a la nada.
                          
                          
Remedio del galeno
salinas durante un año y medio
los míos
cantar muy bajo hasta que se vaya la ronquera
y chocolate sin duda negro y amargo
durante este año de la cabra
de la era de acuario.

                         
Contraindicaciones:
No se han descrito
en rima libre.



domingo, 14 de junio de 2015

El cristal de Lorena






Uniste una letra a otra
junto a un color que delimitara infinitamente
el espacio que deconstruías
corría tu aire fresco
Aníbal el de la Casa Lis y el blanco palomar
después los demás vendrán
a juzgarte a elogiarte o a ignorarte.
Las obras de un suicida se cotizan aún más en alza
aunque contigo perdieron el tiempo
lo hiciste lentamente y no del todo
con tu cola de escorpión
jugando al escondite con la sepulturera.
Al mirar una torreta abandonada
que amarías por su halo de ruina alzada
como tú
su campanilla me parece que a veces toca sola…
Te cuento de ella y algo sobre mí
que no he querido ni quiero hacer cola
por los salones de alfombras púrpura
o los pasillos raídos
me dio pereza
o vergüenza
tampoco quiero aureolas
ni soy una heroína maldita ni bendita.
Aunque mi máxima ambición es la ingenuidad
(es curioso que nacemos con ella y que pronto la perdemos)
Pero quedan restos de la mía o es que siempre
ha estado intacta a pesar de las tentaciones
será más fuerte que yo o la tentación
no ha enviado diablos caídos
persistentes a la par que persuasivos.
No puedo por menos que seguir con este beneficio
o maleficio y darle a mi candor un nuevo estilo
entre automático y francamente irónico
antes muerta que cínica
antes viva que hipócrita.
Me comprendes al decirte que quien merodea es Urano
porque atravesabas las cordilleras
con tu roto y triple cristal de Lorena 
dejando fuera en el felpudo
cualquier epitafio.

Metros


Una ola de calor derrite
u otra ola de frío congela arriba las superficies
la luz digital escribe la próxima parada del
Bulevar Saint-Germain
se aprietan en las horas punta 
espalda contra espaldas
pecho contra pechos
con la consigna de la prisa
huele a una humanidad de sudor y colonia.
Entre Times Square y la calle de Atocha
tú el de la fila de atrás, el segundo por la izquierda
vas a sellar la cartilla del paro y una hora más tarde
tienes un entrevista de trabajo y temes que como requisitos
pidan: alguien más joven o más viejo,
más cualificado o con más experiencia
o con más idiomas.
Han vuelto a cerrarse las puertas en la Calea Lispcani
sólo falta una parada para el Bulevardul Magheru
llevas doblado primorosamente en papel de regalo
un vestido verde bordado de mariposas
para tu hija,
regresas a casa con un suspiro respirando entre las costillas y el corazón
tendrás que volver enseguida a ese otro país
que te llama extranjera.
La luz de los tubos hace guiños volviendo más azul
dos copos de nieve que se derriten pegados a tus hombros
acabas de sentarte con tu blanca máscara
evitando que los gérmenes de la gripe hagan una incursión masiva
deletreas para ti un verso que trace de memoria una imperiosa fantasía vibrante.
El metro acaba de pasar por Tokio
un turista mira los templos zen y el oro refulgente de las pagodas de la India.
Duermes tú escuchando Wittgenstein's Arm
hasta que llegues a la Calzada de los misterios
querrás enamorarte pero no de un sueño reflejo
hecho a tu imagen y semejanza
si no de un amor real que esté contigo cuando los sueños mueran.
Después todos saldremos por la boca del metro
adornada de una caracola de cristal
mientras otros entran
sin recordar habernos subido a este trayecto.

Aparecer


Quién puede recordar
cuando apareció
esa ley no escrita de las apariencias
que ha vuelto tan inconveniente
al grito, la risa, el gemido, al llanto, 
en el espejo
tapándose con tu piel
hay un
extraño.

domingo, 7 de junio de 2015

Creerás

Divides
de arriba abajo y de abajo arriba
un largo castigo
haciendo corto los añicos
en los depende y los cuando,
una soledad encuentra a otra
por qué creerás que vences
Mater tenebrarum 
ni viva ni muerta
ni herida,
alguien te sostiene la mirada
enterrándote 
con ojos como puños abiertos
despiadadamente
y a pesar de todo
con ternura


lunes, 25 de mayo de 2015

Algo más

Es verdad Juan
de qué escribir sino de amor, muerte o vida
tenemos algo más…?
esta noche que no estás y tantas que te has ido
hablo contigo como si
pudieras escucharme
dónde estás se oye toda esta jauría de voces
que se levantan…?

El deseo además tenemos
colándose en medio en los extremos del trío
o será el ensueño, Juan
este que el agua colorea
más allá de los páramos
hasta que reine el silencio.
Detengo al cazador
el recorrido de una bala
con plazo fijo a la muerte
la voluntad en contra del absurdo
en contra del instinto
amarrándose a un árbol
en la quietud de la avalancha.

martes, 19 de mayo de 2015

Las entradas

Su mole de hormigón ocupaba media manzana de la calle Caridad, el primer piso marcaba una austeridad arquitectónica que contradecía al segundo piso enmarcando las ventanas con arcos de herradura.Por una en concreto, donde la esquina redondeaba su vuelta se vislumbraba la playa.Todas aquellas ventanas eran los ojos de las aulas, que en verano bajaban sus ojeras de madera hasta septiembre.Había dos entradas, una amplia y con una puerta ornamentada, la otra en la calle del Ángel.Por esa puerta pequeña hormigueantes las niñas con uniformes grises y azules entraban al colegio de las hermanas protegidas por algún santo, al que asaron en una parrilla o saetearon de flechas en algún recóndito trópico.Desde aquel acceso se  penetraban al patio cubierto de la izquierda, aunque enfrente la escalinata ascendiera uno a uno sus pisos con holgura, para rematarse en una azotea vacía, protegida con una valla.El segundo piso se llenaba de los pasos en fila, las puertas abriéndose y crujían los pupitres que también eran de madera. Cuando las tapas abrían sus mandíbulas, se cerraban con suavidad, a veces con estrépito porque alguna, se les escurrían sin pretenderlo, o pretendiéndolo con una protesta pueril y desapercibida.Eran las nueve en punto y la jornada comenzaba rezándole al Dios del silencio. Después se abrían los libros y las libretas comenzando un trance de letargo para dos de aquellas niñas, cuya duración abarcaba el otoño, el invierno y la primavera de tantos años en adelante como fue dejar la infancia entre el suelo y la vista fija en una línea continua de la vasta pizarra.Las chiquillas compartiendo hibernación, jamás compartieron la misma aula, aunque compartieran el mismo piso, los mismos baños, y el mismo recreo del patio cubierto.La salida al patio descubierto, franjeado por otras puertas repletas de cristales, que en días de lluvia se poblaban de caras a distintas alturas, cubriéndose del vaho anhelante en la algarabía de correr y saltar por su exterior o subir a los columpios de colores del fondo. En uno de los laterales del patio, las ventanas más bajas así mismo tenían rejas muy tupidas y de hierro por donde se colocaban los olores a rancho de la cocina.En su lado más extremo, había un extraña altura con dos escalones, acumulándose el ejército volátil del hollín, serpenteando, elevándose y volviendo a recaer en un incesante principio sin fin, para recobrarse y resucitar con la misma negrura, cuando al cemento lo empapaba la inclemencia del celaje.Ese resguardado altillo era el lugar de sus citas, al salir del comedor a la una y media de la tarde.Ninguna de ellas durante aquellos cursos que sucedieron, fueron a comer a sus casas, por ello se conocieron, entre plato y plato soso, frugal y rutinario, entre rezo y rezo dando gracias por la comida recibida de un comedor de pago.Una llevaba el gesto adusto y rebelde en la boca, a la otra una quemadura, hizo dos casas en su cara.Para comprender el principio de atracción de los imanes era dado verlas juntas, aspiradas por el febril campo magnético de los marrones zapatos de cordones y las medias bajadas, a veces sigilosos, otras vertiginosos, entre la una y las tres de la tarde.Colgándoles las trenzas se colaban por los entresijos del colegio arriesgándose a que las descubrieran, aunque asistidas por un don de invisibilidad asediaron los dormitorios escondidos, el refectorio, el interior de la capilla cuya luz filtrada por los vitrales simétricos, era amarilla y sanguinolenta modelando la perspectiva vacía de los bancos.
Tampoco nunca fueron sorprendidas en la penumbra del gimnasio con su alto caballo de Troya para saltos horizontales de esbeltas y amazónicas colegialas, o el potro de tortura terror de las gorditas o patosas.
Ni en la sala de música donde un esqueleto de cuerpo entero, sujetado por un pie erecto con cables al lado del piano, parecía aguardar que alguien tocara la marcha fúnebre de un tardío funeral, mientras su oyente óseo pasaba las hojas pautadas. 
Algo hacía pensar que acaso fueran ellas, temerarias y secretas exploradoras de rincones empolvados en las buhardillas, las que inventaban los bulos que corrían por los cuchicheos de las clases, que en la enfermería aséptica y anticuada, o en el salón de actos, un fantasma monjil aparecía o un hombre embozado estuviera dispuesto atrapar y secuestrar a cualquier inquieta escolar que por allí se quedara sola y extraviada.
Acaso no fueron ellas porque trataron de conjurar aquellos morigerados e intrépidos fantasmas.
Una ocasión encontró el azar de la puerta de la azotea abierta, coronaron así en la cumbre de la atalaya, la torre del homenaje inexpugnable. 
Se quitaron los mandilones de rayas bancas y azules, para engancharlos a las púas de la valla y el viento hizo de ellos sus banderolas agitándolos.
Juntas miraron la redondez de la tierra, y el mar plegado a su superficie.
Vino de pronto un camino entre el cielo y la tierra al desvanecerlo un trueno tardío, les desembarcó una inexplicable nostalgia. 
Volvieron a bajar las escaleras trepidantes con el mandilón desgarrado.
En las clases de matemáticas, de lengua, de religión, historia, costura, dibujo, ciencias, sociales, música, gimnasia, francés y trabajos manuales, ni en las colas hacía el confesionario que a hurtadillas, ellas hábilmente sorteaban, jamás les hablaron de libertad.
Cortó la adolescencia las coletas y las separó con un plan trazado en contra del reencuentro.
Cuando los péndulos ceden al atrás la niñez 
y la juventud sintieron que la libertad, es como una muñeca que se rompe así misma tratando de buscarse el alma.
Desde lugares distantes pensaron algunas veces una en la otra, preguntándose como serían ahora, si el tiempo les permitiría reconocerse  y como entonces, esperaron encontrarse para decirse cuanto se habían echado de menos.


lunes, 18 de mayo de 2015

La isla desierta


Me preguntaste que tres cosas
llevaría a una isla desierta.
Después de auscultar cuando sube la marea
empuje mis hélices hasta encontrarla.
En una roca gris sobre la arena grisácea
de un mar de grisalla
abandoné:
el desencanto, sus gestos
y sus fauces.

jueves, 14 de mayo de 2015

Hoy es el día de la


















Todos los días es el día de alguien
o de algo
alguien o algo en vías de extinción
dedicado a una minoría ignorada
o una masa aún más ignorada
hoy es el día del zorro ártico
hoy es el día de la mujer
hoy es el día de las estrellas fugaces
hoy es el día de la poesía
aunque sea obligatoria en el bachillerato
flaco favor le hacen en imponerla con ritmo rima y aritmética
quien la necesite que la busque
secreta
y confusa, huraña,
hermética, cursi
radiante
y perdida.

Hoy es el día mundial de la poesía
aunque queden cada vez menos zorros en el ártico
se maten y ninguéen más mujeres
y esas estrellas fugaces hayan caído en el fondo de tus ojos
hoy es el día mundial del cáncer
de la pobreza y del desahucio
de los gays, de los galgos ahorcados
hoy es el día de la música o lo será cualquier día
que noche la de aquel día.
Hoy es la noche del olvido
y mañana será otro día
tan bueno como otro cualquiera
para tocar madera
o escuchar un aire de saxo triste
por el parque de los álamos blancos.

domingo, 10 de mayo de 2015

Azafrán


Te apostabas en la esquina del caballo rojo
de una Granada rezumando sus arrayanes.

Ritmo, armonía y melodía
que movía los flecos al mantón
cuando los tópicos son ciertos
y no lo son sus embustes
tentados con palos de ciego.
Desde su trama de bajo lizo
donde arrastrados
y revueltos como las latas hasta la chatarrería
recién parecías salir de un romancero.
Esa eme con que marca
la línea de la vida a trazo de la carne y del tendón
seguiste con tu dedo nómada
pero No, No quise saber
lo que leíste entre líneas
por principio
a la incertidumbre.

lunes, 4 de mayo de 2015

La distancia


Una selva y un bosque amable mantienen sus montículos mullidos desde donde otear sus territorios, si al deambularlos se cruzan indiferentes, se ignoran.
Su pacto implícito de no agresión, conlleva explícito compartir el tanque del agua, que ha de ser fresca y clara.

Me llaman Ágata, nombre al que no atiendo.
Suelo mirar el mundo por la ventana y huyo de sus estrépitos, detesto salir de mi selva y medito las horas de luz sobre los cojines al lado de la almohada, mis pupilas centellean su ardor fascinante en la oscuridad.
Cualquier invasión que altere mi selva, es examinado e investigado hasta sus últimas consecuencias, optando por desaparecer o aparecer, para volver desaparecer en lo recóndito de los armarios, debajo las camas o quién sabe dónde, hasta que el invasor móvil desaparezca.
Me alimento apenas de lo necesario, proporcionado por los seres de menor rango, esos que caminan a dos patas, hablan y desconocen de los misterios del silencio, sus contemplaciones y meditaciones, los cuales se empeñan en atosigarme con sus zalamerías que detesto.
Adoro el calor, el frescor del verano y soy una cazadora crepuscular de moscas impertinentes, cuyos cadáveres dejo visibles para que sean retirados, mis tareas de aseo las dedicó a mí misma, es una de mis fijaciones y prioridades.
Mantengo mis uñas en perfecto estado, encargándome de afilarlas en los montículos que se deshilan y me desgañito con maullidos de rabia cuando me las cortan.
Ejerzo mi reinado con una sobriedad mayestática y una elástica consciencia inalterable, la cual desfogo en carrera libre por mis posesiones cuando mis músculos desafían la gravedad.
Odio que toquen mi cola, me peinen y suspendan mis patas en el vacío.
Si os atenéis a mis reglas os consideraré mis súbditos, a los que ignoraré u observaré a conveniencia, aunque vuestras ausencias por tiempo indeterminado no me preocupa, ya volveréis.


Me llaman Frida, atiendo a ese nombre cuando me interesa, suelo vigilar mi bosque atenta a sus timbres, ruidos o chasquidos matutinos y nocturnos.
Adoro del mar, el agua y  la arena, además de las praderas interminables, la comida y las pelotas, me serviré y tramaré cualquier estratagema para conseguirlas.
Prefiero la sombra del suelo, los montículos a una altura media, para dormir mis siestas de medio ojo abierto y mis sueños de párpados cerrados.
Soporto la correa porque el bosque de asfalto tiene demasiados obstáculos y peligros, sus olores no me interesan, excepto algunas cuevas cuyos aromas deliciosos, son idóneas para exhibir mi mirada hipnotizadora que suele darme un resultado óptimo.
Gruño cuando algo me desagrada, me amenaza, disgusta o provoca placer y odio que me sumergen en un bañera para darme baños, con esa sustancia jabonosa que me priva de mi olor natural.
Siento un apego de clan por los seres de dos patas, que cuido inalterablemente en cualquier circunstancia.
A veces entierro mis tesoros y no comprendo porque me regañan, aunque muestro mi vergüenza bajando la cola y las orejas sin un convencimiento de enmienda, cuando mis dos patas se inclinan hacia delante, te estoy diciendo: Eh amigo vamos a jugar.
Aunque lo que menos soporto y me causa una resignada desdicha, es que se vayáis, entonces un aullido hace su llamada para encontraros.


Cuando se quedan a solas y sólo entonces Ágata sube al sofá con Frida para hacerle
en la distancia, compañía.

viernes, 20 de marzo de 2015

Desaguas


Traes tu andar antiguo
los ojos de Anfítrite
ese susurro de hipnosis que lidera a la gaviotas
en tu quilma la galerna craquelando
con cristales de araña el vidrio pulido por el cielo
desaguas espejismos, fines
echas el nuevo alimento a tus anzuelos
escritos con tu mano de oleaje
en la carta azul de los naufragios.

martes, 17 de marzo de 2015

La galleta de la suerte


Hoy no es tu cumpleaños, le dijo él.
Todos los días es el cumpleaños de alguien,  
dijo ella.
Me acordaré del tuyo, dentro de 50 años, afirmó él.
Ella inclinó la cabeza 
y leyó 
en la galleta de la suerte:
La fragilidad es quien agita los dados.

sábado, 7 de marzo de 2015

Subtítulo

El cielo arriba 
en medio un derribo
abajo hace cola de lagartija el algodón ardiente del invierno
una grieta coagulada da tributo a los reinos del Kong
anuncia hasta que lo borré la lluvia
un subtítulo:
A todas las bestias
las mata la belleza.

martes, 3 de marzo de 2015

Usted


Carnet de identidad que pone 
Soledad
para decir ella llamarse
Paciencia,
firmando algo así como 
Olvido.
El apellido usted
como si fuera una extranjera de un país lejano al que nadie quiere ir.
Ahora su invierno se vuelve consuelo en los brazos del blanco armiño.
Y al sueño le pide ovejas grises
a la vida flores obstinadas
a la muerte un instante
a la amargura ninguno.
Jamás confunde amores con deseos,
aunque a veces se mezclaran;
de unos es custodia
a los otros los recuerda
acudiendo a los ojos
febriles
sus brillos.

sábado, 28 de febrero de 2015

Agua


De cabeza tuvo la venida, tan pálida, tan dulce como el talco,
el paso del aire a ese ahora de una trompa sin ombligo
la tierra te dio dos azotes en las nalgas y una sentencia por la frente.
Fajada tu cuero sin algas
roja tu rabia berreó con morro de balano,
tobillos de tiburón, dedos de arena y corazón de anémona.
Menos te acallaban álgida la cólera, balanceos, añadas o besos.
Tampoco la ceguera azul de sanguijuela que amamantaste
evitó el hipar bronco con ay de luz,
al girar la sombra escupiendo el sucedáneo de tu pecho,
regurgitando iras nuevas babeando por la sábana.

Seguiste en guerra con los párpados violentos,
clara la garganta en la sima de los maldecidos,
poseída de tempestad inabordable urgiendo fragor y sales.
Sólo entonces calada por el hueco de tu mano
con roces marinos de esponja
te enseñó la paz de su suspiro
y su sonrisa arcaica navegando en la isla de Filae
recitadora de todas las ondinas
rindiéndose hasta la curva del sueño
como una vuelta de veinte mil leguas
al vientre de sus madres.

martes, 24 de febrero de 2015

Pandemia




Pitan las alarmas de robo en las joyerías
en las cajas acorazadas de los bancos
Esto es un atraco, no dicen los políticos
hay una pandemia con fiebre de oro.
También soy una ratera lo confieso
entro con sigilo de puntillas
con un antifaz de nubes
que no ahuyente a las aves carpinteras
para robar a los árboles
el emblema de sus hojas.