sábado, 2 de mayo de 2020

Hoja de ruta





Conseguiste al fin dormir
pero un puñal tiene la ausencia
o el fracaso o el abandono
entrando por tu estómago  
      y en sigilo por tu sueño 

Girando abre en tu carne una roja herida que se vierte
empapando todo por debajo de las sábanas 

     más tarde
 tu sangre toda vuelve al latido y a su arteria
     
  sobreviviendo te levantas 

 y otra vez los pies encontrarán gélido al suelo
pero hoy querrán perder 
el absurdo control  la lógica aburrida  la estúpida razón 
e ir y hablarle a las olas de tus mapas secretos
     
   con tu oscura voz de gaviota mutilada

que tiende su corazón de loco niño.

domingo, 9 de febrero de 2020

A manos llenas



El rasgar de las cabezas de las agujas dando el mediodía que a modo de reloj de estación penden sobre la puerta giratoria del café Lisboa, pasan inaudibles en medio del concierto sonoro y dispar que ejecutan los pasos de la gente, el chocar constante de la loza de platos y tazas al ser colocados limpios y listos para ser usados, sumándose el tono mesurado o estridente de las conversaciones de los clientes al compás de la música ambiental del que sobresale algún acorde junto con el tintineo cobrizo de los treinta y tres céntimos que el hombre de la mesa más próxima a la mía, deja de propina al irse. 

No les vi venir, porque al sentarme me distraje mirando al perrito de otra mesa más lejana, que juega deshaciendo el papel de una servilleta arrugada, mientras ajeno al destrozo, su amigo mira el móvil y escribe wassaps. 

Cuando veo a la pareja de ancianos ya están sentados uno al al lado del otro en esa mesa cercana a la mía.
El camarero del chaleco verdoso viene con la bandeja reluciente y la sonrisa cortés. 
El anciano pide el periódico y dos cafés con leche a los que se suma otro que pido yo. 
Alguien corre al entrar en el Lisboa, le persigo con la mirada hasta que se difumina confundido entre las mesas distantes. 
El camarero me sirve, luego a ellos. 

Mi atención se va hacia el recién servido café, primero hundo la cucharilla  deshaciendo la espuma cremosa que encumbra al liquido aromático, esto hace abrirse un agujero por donde vierto el azúcar que poco a poco es engullido por ese pequeño ojo de huracán, entonces revuelvo aún más el torbellino, después lo dejo reposar antes beberlo. 
Mientras espero veo que los ancianos ya se han tomado sus cafés.

Él abre el periódico y lee, mostrándome una escena cotidiana que se repite casi en cualquier momento, casi en cualquier sitio. 
Nunca se debería dar nada por sentado porque lo habitual de pronto toma un derrotero inusual.  
La anciana extiende una de sus manos dejándola abierta la palma sobre el mármol de la mesa. 
El anciano comienza a escribirle una tras otra letras sobre la palma. Entonces caigo en  cuenta que la mujer es ciega y sorda. 
Les sigo observando sin ser observada porque inmersos en ellos mismos parecen abstraídos del espacio y de la gente. 
Todos los sucesos del mundo caben en su mano vacía, pienso, mientras sigo mirando fascinada sin ningún atisbo de culpa por mi intromisión visual mientras el viejo le sigue escribiendo. 
Una e, ahora una ese, una t y poco a poco las letras formar frases que acabo leyendo al unísono que ella. Hasta que él cierra el periódico porque van a irse, pero antes ella le busca su mano, él la abre y ella escribe despacio, leyendo también yo las dos palabras que lentamente gritan: Te odio.
Les veo irse, afable él la toma de la mano, ella sombría se la suelta con un respingo, aunque unos instantes después la anciana vuelve a buscársela con la premura de quien se agarra en medio de la tempestad a una podrida tabla de salvación. 





sábado, 9 de noviembre de 2019

Recuerdo de...

lgunas veces cuando voy de viaje suelo comprar algún digámosle recuerdo.
No acostumbro a comprar el típico souvenir, no es que tenga nada en contra de la industria del recuerdo local, sino que es la emoción, el interés o la sorpresa lo que me hacen adquirir estos objetos, sin que tengan ninguna conexión entre si, tan solo su presencia de extranjeros en mi casa. 
Tampoco los agrupo juntos como si fueran una colección, mi azar los sitúa guardados en un cajón o incluso a la vista.
Sucede que alguno que he olvidado aparece de pronto haciéndome evocar el lugar de donde procede y los días que pasé allí.
Compré el último en una ciudad del norte, lo encontré en una tienda un tanto inclasificable, donde  lo mismo venden un disfraz, que un cenicero gore, juguetes retro de lata, ropa y correas para perros o bebidas.
Esta tienda, una especie de bazar con estética de feria ambulante, ofrecía además alguna libreta  que en las tapas tenían un dibujo de una mujer barbuda o el de un tímido Gulliver vestido de negro. 
También exhibía una máquina con una cabeza parlante con un turbante hindú, que por un euro te leía el futuro, dándotelo incluso en un boleto de papel marrón. 
Vi mi objeto al lado de otros iguales a el en una estantería al fondo de la tienda. 
Durante los pasos que di hasta cogerlo, creí recordar que quizá alguien conocido tuvo uno igual.    Y en ese ahora supe que desde entonces secretamente deseé tener uno.
Lo cogí y al mirar por el, la realidad se fragmentó en centenares de facetas que se colorearon construyéndose, decontruyéndose, en universos de perspectivas ilimitadas, planas o en relieve por el giro de mi mano.
Me fui con el hasta una caja registradora vintage. La chica que atendía la tienda, no me miró al darme el precio, ni el cambio. Sin embargo recuerdo su piel muy blanca, el pelo castaño corto, la expresión ensimismada y la boca comprimida en una mueca de fastidio.
Antes de salir descubrí una de esas cajas que al abrirlas aparece un payaso que asusta.
Miré hacía el fondo de la tienda al decir un adiós que nadie contestó mientras lo guardaba en mi bolso.
Después lo saqué una vez y otra para mirar con el, edificios, las caras de la gente y hasta el mar. 
Ese anochecer fue tan claro que las estrellas parecían dar los destellos de un diamante gigantesco.  
Volví cogerlo y la luna en cuarto creciente brilló centuplicada por el, atravesando mi ojo que era como el poliédrico ojo de una araña mirando al mundo y la noche que constantemente mutaban. 

Al volver a casa lo dejé en una estantería, allí espera que alguien lo coja y mirándolo descubra su magia.

martes, 27 de agosto de 2019

Punto de fuga




Atraviesas las nuevas calles viejas
visible solo para mi lápiz
( mi lápiz y yo lo mismo que tú)
buscas del laberinto  
sin saber que comienza otro 
la salida
donde la blanca espuma 
y los restos del mundo se orillan

martes, 25 de junio de 2019

La casona azul

e he perdido de nuevo, tendré que echar mano del GPS,  escribo y voilá aparece la ruta. 
Es más cerca de lo que pensaba, lo suficiente para que la luz aún ilumine suavemente sin que proyecte sombras demasiado oscuras, piensa Marta. 
Son las últimas fotos del día y las últimas que le han encargado para el libro Casas de Indianos.
Durante estos meses de trabajo ha fotografiado casas magníficas, palacios algunas, siempre con un guardián y distintivo, una o varias palmeras que evoca la riqueza conseguida a ultramar que las ha erigido.
La carretera se enreda entre curvas, hasta que a lo lejos en una recta, una ligera niebla difumina el monte, recortándose contra el, un muro alto y la verja herrumbrosa de la entrada.
Aparca, coge las llaves de la casa, cierra el coche con una precaución absurda ya que no hay viviendas cercanas, la Casona azul goza o sufre de total aislamiento.
Al abrir la verja Marta siente un extraño calor en la mano. No le da importancia porque el jardín capta toda su atención, prepara la cámara y a través del visor lo contempla.   
La hierva segada, los árboles podados así como los rosales, delatan un cuidado reciente en el amplio jardín con la altísima palmera presidiéndolo. La casa lleva años en venta y su aparición el libro resultará una excelente y renovada publicidad.  Las fotos se disparan rápido así como una chocante sensación de familiaridad.

Por el objetivo de la cámara, observa la puerta de entrada, a su alrededor las hortensias son las anfitrionas que la aguardan con sus azules desvaídos y melancólicos como la pintura de la fachada principal.
Antes de entrar iré a fotografiar la fachada norte con la galería de madera y cristales sobre columnas de hierro desde donde puede verse el mar. 
Y cómo lo sé,  se pregunta, si solo me han dado la dirección, el nombre de la casa y las llaves, camina rápido hasta la fachada norte, comprobando que tiene razón. 
Como una autómata hace las fotos, después vuelve a la puerta de entrada para abrirla y reconoce con temor el vestíbulo, el salón, el comedor, la cocina inmensa, la alacena y hasta un pequeño cuarto de baño.  
Sube la escalera como sonámbula, en la segunda planta todas las estancias se comunican entre si, en ocasiones por puertas secretas que Marta va abriendo adivinándolas.
El flash del recuerdo da sus fogonazos en los espejos y muebles isabelinos, el papel de las paredes desgajado y los cortinajes destartalados por el tiempo. 
Subiendo a la tercera planta entra en el cuarto de los niños, después en los cuartos del servicio.
El tragaluz inunda de claridad la buhardilla de la institutriz y saca brillos al pequeño cabecero de latón.
Marta se sienta sobre colchón desvencijado y el polvo vuela expandiéndose.  
El calor vuelve ahora inundándola por completo, un humo aparece de la nada haciendo que se levante de la cama tosiendo. En un segundo toda la habitación arde en llamas cada vez más altas y ardientes, pese a ellas, puede detectar la puerta y escapar, pero antes de salir le parece ver a una mujer que se abrasa inmóvil tendida entre las sábanas. Desde el fondo del pasillo Marta ve a otra mujer mirando la llamarada de la habitación con una mezcla de odio y alegría  entrando rauda  en el cuarto de juegos la escucha despertar a los niños con gritos de alarma.
El fuego se propaga por el pasillo, perseguida por el, corre y corre despavorida hasta atravesar la puerta de la entrada.



Cuando abre el coche temblando, Marta trata de serenar sus desbocados latidos, mira la casa, no hay ninguna señal de incendio.
Suena el móvil, contesta tartamudeando. El editor le pregunta si se encuentra bien, Marta le dice que sí y que le llamará más tarde. La llamada la hace tomar contacto con realidad,  tranquilizándola un tanto, piensa que se ha sugestionado con este trabajo sobre caserones antiguos llenos de secretos e historias de fantasmas. Ríe nerviosa para exorcizarlos y lo consigue. 
Al tomar la carretera para Posada de Llanes comienza a llover y trata de olvidar lo que ha pasado  concentrándose en conducir, llegando a la hoy solitaria casa de sus primos.
Un té me tranquilizará, mientras el agua se calienta, recuerda el dossier que se ha traído con información sobre las casas, lo encuentra y lee sobre la Casona.
Gonzalo Olvero Losada emigró de niño a Cuba con sus hermanos mayores en 1885. Al cabo de algunos años ya habían amasado una cuantiosa fortuna. Gonzalo volvió a su tierra en 1908 convirtiéndose en socio fundador de varias empresas consolidadas aún hoy en la región. Construyó La Casona azul, bajo planos del  arquitecto modernista Ignacio Cosen, para su mujer, Alba Palacio.  Tuvieron tres hijos, tras el parto del cuarto Alba falleció. Su hermana Elvira vino a hacerse cargo de sus sobrinos y todos continuaron durante algunos años viviendo en la Casona, hasta que se declaró aquel misterioso incendio que asoló la tercera planta.  La institutriz fue la única víctima de aquel desastre. Se investigó pero no hallaron indicio alguno, declarándolo fortuito.  Aunque se restauró la Casona, la familia nunca volvió a vivir en ella. Gonzalo Olvero la vendió a sus actuales propietarios, una rica familia madrileña que la usaban como residencia de verano. Actualmente está vacía y se encuentra a la venta. 

Marta espantada, piensa en que quizá aunque no lo recuerda ya había leído el dossier y le ha influido. Si eso es seguramente, se repite una y otra vez.  Agotada se acuesta, debe madrugar, mañana vuelve a Madrid, se durmió rápidamente y sin pesadillas.


Meses después el libro se ha editado y le lleva a su madre un ejemplar. 
La madre lo ojea con placer, en la última página asoma la Casona, al verla se queda pensativa. Después de levanta y al volver trae unas viejas fotos de la Casona azul, de una mujer y unos niños en su jardín. 
Cuando estabas con el trabajo del libro, me avisaron de la gravedad de la tía Elena, ya sabes que murió dos días después. Cuando fui a verla parecía muy recuperada, tanto que me habló de historias de familia y me dio algunos recuerdos, entre ellos, estas fotos antiguas. 
La mujer es tu bisabuela. Trabajó al quedarse viuda de niñera e institutriz en esa casa, fue la víctima de la que habla el libro. La abuela era una niña cuando sucedió pero recordaba a su madre muy feliz la última vez que las vio, les prometió que dentro de poco nunca se separarían y vivirían para siempre en una casa azul.
Marta le cuenta lo que le ocurrió en la casona, al terminar en silencio las dos estremecidas se miraron, hasta que la tarde apagó poco a poco la luz intensa del verano.

sábado, 20 de abril de 2019

Rara Avis

Ahí yace pero no tú 
ni los versos tuyos que se levantan 
con suspiro de martirio, agonía o sueño
de tu garganta que ya no calla
porque hay en tu saliva un pico de aberturas y está llamando
                                                       tu corazón con forma de escombro 
al duelo de tus ojos que vive y tus manos viviendo
abran panoramas nuevos al satélite con porvenir de filos 
y salga enajenada la sangre tuya
imprevista de hojas y bandadas
que abaniquen sus calores tus palomas oscuras 
y que la gacela con cien años beba en la escarcha y en el nardo.
                                                      Para que viva más 
naciendo en rama verdes 
sin perderse ni enterrarse
tu recuerdo niño que se mece con la mar cuando está alta.




viernes, 8 de marzo de 2019

Más acá



Con tal fuerza de susurro le  convocas
para que escuche 
la larga súplica el retorno.

Mucho después 
vienes
en presencia fragante de fantasma.

Y el más allá haciendo guiños de rosas

hiere su espina

tus dedos y mis letras.