martes, 25 de junio de 2019

La casona azul

e he perdido de nuevo, tendré que echar mano del GPS,  escribo y voilá aparece la ruta. 
Es más cerca de lo que pensaba, lo suficiente para que la luz aún ilumine suavemente sin que proyecte sombras demasiado oscuras, piensa Marta. 
Son las últimas fotos del día y las últimas que le han encargado para el libro Casas de Indianos.
Durante estos meses de trabajo ha fotografiado casas magníficas, palacios algunas, siempre con un guardián y distintivo, una o varias palmeras que evoca la riqueza conseguida a ultramar que las ha erigido.
La carretera se enreda entre curvas, hasta que a lo lejos en una recta, una ligera niebla difumina el monte, recortándose contra el, un muro alto y la verja herrumbrosa de la entrada.
Aparca, coge las llaves de la casa, cierra el coche con una precaución absurda ya que no hay viviendas cercanas, la Casona azul goza o sufre de total aislamiento.
Al abrir la verja Marta siente un extraño calor en la mano. No le da importancia porque el jardín capta toda su atención, prepara la cámara y a través del visor lo contempla.   
La hierva segada, los árboles podados así como los rosales, delatan un cuidado reciente en el amplio jardín con la altísima palmera presidiéndolo. La casa lleva años en venta y su aparición el libro resultará una excelente y renovada publicidad.  Las fotos se disparan rápido así como una chocante sensación de familiaridad.

Por el objetivo de la cámara, observa la puerta de entrada, a su alrededor las hortensias son las anfitrionas que la aguardan con sus azules desvaídos y melancólicos como la pintura de la fachada principal.
Antes de entrar iré a fotografiar la fachada norte con la galería de madera y cristales sobre columnas de hierro desde donde puede verse el mar. 
Y cómo lo sé,  se pregunta, si solo me han dado la dirección, el nombre de la casa y las llaves, camina rápido hasta la fachada norte, comprobando que tiene razón. 
Como una autómata hace las fotos, después vuelve a la puerta de entrada para abrirla y reconoce con temor el vestíbulo, el salón, el comedor, la cocina inmensa, la alacena y hasta un pequeño cuarto de baño.  
Sube la escalera como sonámbula, en la segunda planta todas las estancias se comunican entre si, en ocasiones por puertas secretas que Marta va abriendo adivinándolas.
El flash del recuerdo da sus fogonazos en los espejos y muebles isabelinos, el papel de las paredes desgajado y los cortinajes destartalados por el tiempo. 
Subiendo a la tercera planta entra en el cuarto de los niños, después en los cuartos del servicio.
El tragaluz inunda de claridad la buhardilla de la institutriz y saca brillos al pequeño cabecero de latón.
Marta se sienta sobre colchón desvencijado y el polvo vuela expandiéndose.  
El calor vuelve ahora inundándola por completo, un humo aparece de la nada haciendo que se levante de la cama tosiendo. En un segundo toda la habitación arde en llamas cada vez más altas y ardientes, pese a ellas, puede detectar la puerta y escapar, pero antes de salir le parece ver a una mujer que se abrasa inmóvil tendida entre las sábanas. Desde el fondo del pasillo Marta ve a otra mujer mirando la llamarada de la habitación con una mezcla de odio y alegría  entrando rauda  en el cuarto de juegos la escucha despertar a los niños con gritos de alarma.
El fuego se propaga por el pasillo, perseguida por el, corre y corre despavorida hasta atravesar la puerta de la entrada.



Cuando abre el coche temblando, Marta trata de serenar sus desbocados latidos, mira la casa, no hay ninguna señal de incendio.
Suena el móvil, contesta tartamudeando. El editor le pregunta si se encuentra bien, Marta le dice que sí y que le llamará más tarde. La llamada la hace tomar contacto con realidad,  tranquilizándola un tanto, piensa que se ha sugestionado con este trabajo sobre caserones antiguos llenos de secretos e historias de fantasmas. Ríe nerviosa para exorcizarlos y lo consigue. 
Al tomar la carretera para Posada de Llanes comienza a llover y trata de olvidar lo que ha pasado  concentrándose en conducir, llegando a la hoy solitaria casa de sus primos.
Un té me tranquilizará, mientras el agua se calienta, recuerda el dossier que se ha traído con información sobre las casas, lo encuentra y lee sobre la Casona.
Gonzalo Olvero Losada emigró de niño a Cuba con sus hermanos mayores en 1885. Al cabo de algunos años ya habían amasado una cuantiosa fortuna. Gonzalo volvió a su tierra en 1908 convirtiéndose en socio fundador de varias empresas consolidadas aún hoy en la región. Construyó La Casona azul, bajo planos del  arquitecto modernista Ignacio Cosen, para su mujer, Alba Palacio.  Tuvieron tres hijos, tras el parto del cuarto Alba falleció. Su hermana Elvira vino a hacerse cargo de sus sobrinos y todos continuaron durante algunos años viviendo en la Casona, hasta que se declaró aquel misterioso incendio que asoló la tercera planta.  La institutriz fue la única víctima de aquel desastre. Se investigó pero no hallaron indicio alguno, declarándolo fortuito.  Aunque se restauró la Casona, la familia nunca volvió a vivir en ella. Gonzalo Olvero la vendió a sus actuales propietarios, una rica familia madrileña que la usaban como residencia de verano. Actualmente está vacía y se encuentra a la venta. 

Marta espantada, piensa en que quizá aunque no lo recuerda ya había leído el dossier y le ha influido. Si eso es seguramente, se repite una y otra vez.  Agotada se acuesta, debe madrugar, mañana vuelve a Madrid, se durmió rápidamente y sin pesadillas.


Meses después el libro se ha editado y le lleva a su madre un ejemplar. 
La madre lo ojea con placer, en la última página asoma la Casona, al verla se queda pensativa. Después de levanta y al volver trae unas viejas fotos de la Casona azul, de una mujer y unos niños en su jardín. 
Cuando estabas con el trabajo del libro, me avisaron de la gravedad de la tía Elena, ya sabes que murió dos días después. Cuando fui a verla parecía muy recuperada, tanto que me habló de historias de familia y me dio algunos recuerdos, entre ellos, estas fotos antiguas. 
La mujer es tu bisabuela. Trabajó al quedarse viuda de niñera e institutriz en esa casa, fue la víctima de la que habla el libro. La abuela era una niña cuando sucedió pero recordaba a su madre muy feliz la última vez que las vio, les prometió que dentro de poco nunca se separarían y vivirían para siempre en una casa azul.
Marta le cuenta lo que le ocurrió en la casona, al terminar en silencio las dos estremecidas se miraron, hasta que la tarde apagó poco a poco la luz intensa del verano.

sábado, 20 de abril de 2019

Rara Avis

Ahí yace pero no tú 
ni los versos tuyos que se levantan 
con suspiro de martirio, agonía o sueño
de tu garganta que ya no calla
porque hay en tu saliva un pico de aberturas y está llamando
                                                       tu corazón con forma de escombro 
al duelo de tus ojos que vive y tus manos viviendo
abran panoramas nuevos al satélite con porvenir de filos 
y salga enajenada la sangre tuya
imprevista de hojas y bandadas
que abaniquen sus calores tus palomas oscuras 
y que la gacela con cien años beba en la escarcha y en el nardo.
                                                      Para que viva más 
naciendo en rama verdes 
sin perderse ni enterrarse
tu recuerdo niño que se mece con la mar cuando está alta.




viernes, 8 de marzo de 2019

Más acá



Con tal fuerza de susurro le  convocas
para que escuche 
la larga súplica el retorno.

Mucho después 
vienes
en presencia fragante de fantasma.

Y el más allá haciendo guiños de rosas

hiere su espina

tus dedos y mis letras.

miércoles, 30 de enero de 2019

Sixto



Apareces como entonces
con tu calva de viejo bruñida de luz
casi jóvenes las piernas y la sonrisa ágil 
éramos al seguirte por el monte
la tropa ansiosa y saltarina
que además recolectaba aquel verano
semillas de eucalipto para dar olor al invierno.
He olvidado las fábulas que contabas 
fauno de hojas lanceoladas 
andando y desandando los atajos
hasta avistar el distante mar desde el altozano.
No he olvidado que tras de ti éramos todos

tú también, felices y niños.

domingo, 2 de diciembre de 2018

La persistencia de la memoria

Odio a mi hermano, aborrezco a mi madre, mi padre me repugna, detesto mi nombre, no es mío, es de él. No tengo ojos, ni piel, no tengo nada, son suyos, juegan a ser yo, sin ser yo, siendo él.
Antes de comer, un saltamontes ha cruzado a saltos el jardín, corrí al verlo despavorido lleno de asco y pánico,  sin aliento hasta la playa desierta.
Escucho que me llaman desde muy lejos, no contesto y creo ser una niña que encuentra una caracola y levanta con su mano el velo del mar. Además veo transformarse a las rocas de la playa bajo el sol, en seres gigantescos que se mueven y avanzan hacia mí.
Alguien desconocido se me acerca y me habla pero no me atrevo a mirarle ni a contestarle, noto al correr una cortina de arena encubriendo mi huida.
Al volver a casa mi madre me abraza diciéndome al oído que mi hermano y yo somos como dos gotas de agua, no puedo soportar escucharlo otra vez más. 
Escupo a mi madre, pateo todo lo que voy encontrando, incluso al gato Babú que duerme la tarde plácido y feliz. Babú salta asustado y salto yo sobre la silla para subirme a la mesa donde rompo platos y vasos, salta además el agua como una  lengua líquida al hacerse añicos el cristal de la botella.  
Al bajarme de la mesa me corto los dedos, sangrando, sollozo por el miedo y el dolor.  
Aparece mi padre al escuchar tanto alboroto. Zarandeándome para que me calme, examina la herida, espera a que me la curen y entonces me da un bofetón que me deja ardiente la mejilla, pero aún más me queman los oídos al escucharle decir: Tu hermano jamás tendría este comportamiento, vete a la cama.
Luego advierte a todas las mujeres de la casa incluidas mi madre y mi hermana pequeña que no pueden darme comida, ni entrar en mi habitación, ni dejarme salir hasta que él lo autorice. 
Me tumbo en la cama, cierro los ojos, los vuelvo abrir, oscurece y me parece ver hormigas que salen de mi mano para desfilar por la pared. Tengo que quedarme muy quieto solo así desaparecerán. Cuando ya no se oyen ruidos, intento salir, nadie de la casa sabe que por las noches les espío, incluso por el día si consigo pasar desapercibido. El verles sin que me vean me inunda de placer.
Forcejeo suavemente con el pomo, la puerta está cerrada con llave, percibo su frío dorado y lo acaricio.
Lloro frustrado al volver a la cama y como tantas noches para poder dormir me imagino dentro de un ataúd, muerto.
He soñado que los relojes eran blandos y la memoria dura, que una muchacha en una habitación vacía miraba por la ventana, el mar.  
Sueño que estoy loco, que siempre tengo miedo, sigo soñando y ahora, recuerdo lo que todos olvidan:  mi hermano murió siete años antes de mi nacimiento.

Cuando amanece despierto habiéndolo matado por fin, nada, nadie podrá resucitarle nunca más, desde este instante seré eternamente el único Salvador Dalí.




miércoles, 12 de septiembre de 2018

Soneto blanco para Frida

Con lágrimas o risas 
de ti me acuerdo 
¿Dónde estás tú, de mí te acuerdas? 
 Tú esperándome en la muerte
y yo en la vida.
¿Otra frontera  no habrá dónde encontrarnos?
Solo    me quedan cuatro palabras       solas
para echarte de menos
escúchalas
desfilan más amor
pero el tuyo me corona 

con una guirnalda dulce y sin queja.

domingo, 19 de agosto de 2018

Crónica en invierno


Mañana 

Escucho dar vueltas a la llave con el miedo y la ansiedad de una loca esperanza. 
Si tuviera un corazón galoparía como un rocín; lo de rocín es un termino literario demodé, lo sé, pero es que durante ciento diez años he sido, soy aún, una tienda de libros. 
Elena entra y mira su Troya, así me llamo.
Giras al contemplarme y confirmas una despedida, ya no hay duda.
Si pudiera llorar lo haría contigo ahora y te consolaría diciéndole que has resistido todo lo que has podido, pese a las franquicias, los libros digitales, la crisis. 
La oportunidad te ha surgido y no es para no pensárselo, un trabajo bien remunerado en un periódico de América, del que no recuerdo el nombre, el no recordarlo me importa tres bledos o una mierda. 
Necesito desahogar, me ahogo y no puedo ni quiero disimular mi rabia. Si pudiera arrojaría los libros fuera de las baldas con furia de poltergeist.
Pero solo soy palabras que la nada escucha. 

Lloras Elena, sollozas sí, pero te vas, te rindes y de mí dará cuenta el olvido.
Alguien te llama al móvil, te serenas diciéndole que vas donar todos mis libros y discos a una biblioteca cercana, vendrán dentro de unos días a por todo. 
En un guardamuebles arrojarás, el retrato de Kafka, el de Frida, a Mafalda, el capitán Ahab y la cola de la ballena blanca, lo nuevo y lo viejo que me ha adornado y acompañado más de un siglo. 
Salvo el pequeño caballo de Troya de madera que tiene un libro dentro, a el te lo llevas, será el recuerdo de algo amado que no se deja morir del todo. 
Cuando cuelgas acaricias el mostrador, luego tus dedos resbalan por el frío de la columna de fundición que sostiene el techo y te abrazas a ella igual a alguien que se agarra a un mástil tratando de mantenerse a flote antes de hundirse en la vorágine de la tempestad.

Noto que sufres tanto, no es que no me importe, pero agonizó y comprende que cuando te marches y se lo lleven todo, ignoro que destino correrá mi resurrección. 
Imagina si deciden reabrirme como un local más de una cadena de panaderías, un chino o una franquicia de perfumes caros. 
No, no soy racista, ni clasista, o sí, soy una snob, pero eso ya qué importa. 
Adiós Elena, vete ya muchacha, sabes que algo de mí irá contigo siempre.

Un haz de luz entra por el escaparate tan intenso como un incendio. 
Troya arde otra vez piensa Elena, al cerrar la puerta, su mano tiembla.


Hoy

Entro y le busco, la librería llena de gente, aún así mi abuelo me ve.
Al cruzar nuestras miradas se suspende tiempo y espacio, todo parece detenerse en una pequeña eternidad que también nos mira, hasta que un cliente le pide: El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, recién editado. Sin esperar otro cliente le pregunta por: Una habitación propia de Virginia Wolf. Vende los dos y le ayudo a envolverlos mientras alguien se interesa por un disco de Miles Davis. 
Desde hace un rato un chico con una cresta azul de pelo punk curiosea entre los discos. 
Al verme se aproxima, va a pedirme un disco de La Polla Records apuesto conmigo misma. Pierdo la apuesta porque me pide un libro de poesía.
Lo busco, lo encuentro, lo toma, lo ojea y lee en voz alta el final de un verso.
Al recitar una voz tan intensa vibra tanto que que cuando termina su tono aún se mantiene en el silencio, hasta que el chico habla de nuevo para decir que se lleva el libro. 
Aquí tienes. Le digo al darle el cambio y su paquete.
¿Cómo te llamas? Al preguntarme frunce el entrecejo.
Ofelia y sí es por Rimbaud. Le respondo subiendo las cejas.
¿Sueles leer el pensamiento y adelantarte a la próxima pregunta? Sonríe seguro después de preguntar.
 Pero en ese momento nos quedamos los tres solos en la librería, el chico punk se va sin esperar la respuesta, diciendo un:  -Nos vemos tía-  Agitando sus orejas llenas de imperdibles, como si de pronto se hubiera recuperado de un trance.
Entonces Aquiles da la vuelta al cartel de cerrado.
¿Te has cansado de la postmodernidad? Me pregunta.
Me echo reír triste y aliviada por la ironía, que ha hecho fácil este reencuentro tan difícil.
Hace tres años me fui de casa después de una tremenda discusión. Desaparecí en las drogas, el sexo y el rock and roll de la movida. 
Estoy embarazada. Contesto y continuo dispuesta a suplicar y las palabras que salen duelen y  queman cuando preguntan: ¿Podría volver?  Se que pedir perdón suena estúpido y vacío. Has sido mi…
Su dedo enjuto sobre los labios me hace callar y me estrecha con uno de los pocos abrazos que me dio en su vida. 
Después me zarandea suavemente como si quisiera cerciorarse de que soy real. 
Y sólo pregunta:¿Tu salud es buena? ¿Tu hijo tendrá padre?
Es niña, se llamará Elena, nacerá en Febrero. Sí y no, solo me tendrá a mí. 
Ahora nos vamos a comer los tres a la taberna y después nos vamos a casa, planea alegre como un chiquillo.
Entonces la pena me clava diminutos alfileres por la mi huida de estos años, en que  
 fui una equilibrista sin red sorteando bordes al abismo y sobre todo por una absurda rebeldía que añadió más años y arrugas a los ojos marinos de Aquiles.
Caminamos por la callejuela y  en las paredes están recién pegados carteles electorales del PSOE, UCD, PC y AP. 
La única patria que nos queda son los libros y el amor. Les dice Aquiles con desdén a las fotos de los carteles.
 Y yo vuelvo a sentirme ligera, sin peso, caminando otra vez a su lado. 


Ayer

Recuerdo la tarde que estalló la guerra acaba de cerrar la librería, sacar unos vasos para nuestra tertulia adicta al tabaco, el anís, el café, la literatura y la subversión.
Este país está dominado por la estupidez, la religión y la ignorancia. Los ojos de Rafael brillaban al sentenciar.
Te olvidas de la envidia. Recordó Daniel. 
Y de las apariencias y la costumbre. Apostilló Carlos.
Alberto que acababa entrar dijo: Este país por quien está dominado ahora es por los militares, me acabo de enterar que ha habido un golpe de estado en Marruecos liderado por un tal general Franco.
Todos nos miramos con estupor. 
¿Aquiles has cerrado la puerta? me preguntó Rafael con recelo.
Asentí mientras Daniel trató de tranquilizarnos diciendo que sería una revuelta que en pocas horas Hazaña resolvería.
Fue la última vez que estuvimos todos juntos. 
Después de aquel día se inició un periodo demencial que se entronizó con hedor a pólvora, hambre, miedo, revancha y cadáveres sembrados o formando torres desiguales y sangrientas contra el cielo, sobre los que se descargaba lluvia y más bombas mientras las sirenas llamaban a los refugios que rezumaban tierra y polvo. 
Me alisté en el bando rojo que me destinó a conductor de ambulancia y camillero en el frente recogiendo heridos, agonizantes o muertos hasta que una bala perdida me encontró entrándome un poco más arriba del talón donde era vulnerable mi tocayo mitológico. El disparo me dejó cojo y me liberó para volver a casa.

Irene y Ulises me esperaban, mi única obsesión desde entonces fue conseguir que los tres sobreviviéramos. A veces en los refugios alumbrados tan solo por la luz intermitente de una bombilla, esperábamos a que cesaran el ataque de los cóndor, temiendo siempre que la luz se apagara y una eterna oscuridad acabara por enseñorearse de todo.
En el refugio mi hijo mordía un pañuelo con tal pavor que lo hacía jirones entre los brazos de su madre con  el pánico abriéndole desmesurados los ojos. Su madre y yo los cerrábamos con fuerza como si así pudiéramos hacer desaparecer las descargas de las bombas.
Una mañana de abril a Irene la mataron en la calle de improviso con otra nueva andanada que hizo añicos su dulzura y su carne hecha por el sol sepultándola entre escombros cerca de nuestra casa.
Mi hijo la llamaba día y noche y yo era incapaz de mostrar pena, consuelo o cordura.
Los dos vagamos por la calle derruida como dos autómatas andrajosos, míseros y grises.
Mi chiquillo clamando en voz alta por su madre y yo a susurros por la mía como si cualquiera de las dos pudiera volver para salvarnos. 
Fue Daniel quien lo hizo, nos encontró y nos llevó en un carro tirado por una mula macilenta hasta su pueblo.  
Un pueblo ajeno a la guerra y al tiempo, erguido y entero entre sus calles de barro cocido y sus techos de color rojo inglés. 
Quien primero salió a recibirnos fue el viento, después quizá por el ruido quejumbroso de nuestra carreta, la madre de Daniel y sus tías se asomaron para esperarnos en la entrada de la casa pintada de un verde deslucido.
Entre sus manos volvimos a la vida. Todas eran bordadoras, todavía me parece verlas cerca de la claridad del ventanal, dejando puntada tras puntada en los bastidores no solo con seda, sino también pareciera que hilo de luz,  sobre sábanas, faldones de bautizo, vestidos de novia y sudarios.
Después de unos meses Daniel yo regresamos a la ciudad, Ulises se quedó con ellas. 
A los pocos días de nuestra vuelta, la guerra finalizó, pero no terminó el hambre ni el miedo y si comenzó otro reinado del terror con sus ajustes de cuentas y posguerra.

Volví a mi tienda de libros en medio de las ruinas y dormía sobre un colchón destripado en el sótano esperando… no sé. Sí sé…un milagro. 
El milagro de que Irene volviera de la muerte y resucitada del olvido nos entregáramos al deseo, al amor y paseáramos después por todas las calles luminosas y en las calles de la noche volviéramos a tener veinte años y la vida entera por delante.

Lo único que volvió una de esas noches fueron unos golpes casi imperceptibles en la puerta.
Al abrir, Rafael estaba en el umbral. Me pidió refugió por unos días porque le andaban buscando. Se negó a contarme en qué andaba metido, por qué le perseguían. Lo justificó con que era mejor que no supiera nada. Tampoco insistí, solo hablamos del pasado y de Irene, Rafael era su hermano.
Otra noche un desconocido vino a buscarle, se fue con él, desapareció, se volatilizó y nunca supimos dónde estaba, qué le ocurrió. A pesar de que tratamos de buscarle tantas veces,Rafael jamás volvió ni de entre los vivos, ni de entre los muertos.
Alberto murió exiliado en una playa de Francia, ni siquiera pudimos repatriar sus restos.

A quien tengo enterrado en el sótano de la librería es al hermano de Carlos.
Fui yo quien le maté. 

Entró un octubre en la librería simulando preocupación y me preguntó por todos.
Cuando le di evasivas  fue claro y torvo al interrogar  dónde estaba de su hermano.
Andrés era un personaje celoso y cobarde que esperaba al entregar a su hermano mayor que la fortuna en el extranjero y el título de su familia fueran para él.
Suponía que yo sabría donde estaba escondido. 
Tenía razón lo sabía y además sabía que estaba a punto de salir de España. 
Le dije que hacía años que no veía a su hermano. Andrés se echó a reír con una carcajada siniestra. 
Eres una basura. Le dije. 
Entonces me agarró de la ropa y me puso una pistola en la boca susurrando que Ulises no era mi hijo, que era de Carlos. 
Tu mujer era una puta que se acostó con mi hermano. 
Le di una patada y forcejeamos,  cogí la pistola y le disparé.
Le sostuve mientras caía, cuando agonizaba le dije al oído algo que desconocía: Carlos es homosexual.
Su última mirada fue de sorpresa y odio, después su boca se relajó con la muerte y un mechón de cabellos revueltos le hacieron parecer muy joven e ingenuo.
Sobre el suelo polvoriento vomité todo mi asco por la guerra, por la vida y sobre todo por mi mismo. Salí a la calle con la ropa y las manos cubiertas de sangre igual a un Caín repudiado por su Dios. Grité sin voz tratando quebrar esa noche tan oscura.  

Al entrar cargue con Andrés hasta el sótano donde había algunos boquetes hechos por las bombas. En uno de ellos le metí y le enterré.
A día de hoy y después incluso de mi muerte jamás nadie supo que Andrés está allí. 
Cuando trataba de atravesar la frontera, Carlos murió abatido por los disparos de una patrulla que vigilaba el paso a Francia.

Andrés fue un fantasma tranquilo, nunca se manifestó, ni me atormentó. 
A mí favor hubo una conjura, la del olvido, para que nadie se acordara ni se vengara de mí.

Con algún dinero prestado traté de reabrir la librería esperando que volviera tener parte de aquel esplendor original con que mis padres la fundaron. 
Retornó Ulises para crecer largo y delgado. Volvimos a nuestra antigua casa, fuera de ella trataba de aplacar la soledad en otros cuerpos. Mentiría si dijera que no encontré más el brillante restallido del amor,  aunque dejé que se fuera, tuve miedo o lo tuvo ella. 
Supongo que fueron las circunstancias. ¿No se dice siempre eso cuando queremos justificarnos de algo que no hemos hecho por temor, conveniencia o cobardía?

Ulises se convirtió en un gigante rubio cuando entraban de lleno los sesenta.
Una tarde que no estaba, una chica morena con el pelo muy negro y largo curioseaba entre los libros. 
Me fijé en ella mientras atendía a los clientes. Noté que también me miraba estudiándome. 
Esperó a que todos los compradores se fueran y me preguntó si tenía una edición ilustrada de la Divida Comedia. Le respondí que tenía una ilustrada por Gustave Doré y se la mostré.  
De cerca asomaba una personalidad y una belleza inquietante, una mezcla perversa e inocente.
Su mirada maravillada confirmó al ojear el libro que iba a quedarse con el. 
También se quedó con mi hijo. Pronto supe que si quería conservar a Ulises debía no interponerme en su camino.
Aunque traté de que Beatriz, cálida y estremecedora, porque aquella muchacha era una constante mezcla de opuestos, me viera como su familia, no lo conseguí. Percibía su odio contenido aunque lo disimulaba, a veces tan bien que me engañé pensando que al fin había entrado en su misterioso corazón.
El día antes de la boda me dijeron que se irían a vivir a Paris porque les habían ofrecido trabajo. Pensé en que Ulises se iba y deseé desesperadamente ser el Homero que escribiera otro argumento a nuestra odisea.
Una rebelde resignación me enseñó a esperar que volvieran.
No regresaron ninguno de los dos, fue otra atroz tragedia cuando ambos murieron en aquel accidente. 
Su hija, se quedó conmigo.
Ofelia y su primavera, salvaron de nuevo a este viejo troyano, hijo de los mares de papel, del desconsuelo y la amargura.