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viernes, 19 de noviembre de 2010

Fiebre



No llevar nunca un paraguas por mucho que los meteorólogos y los cielos anuncien lluvia es una costumbre que guardo de los tres años que pasamos juntos. Te gustaba pasear bajo la lluvia o, mejor dicho, no te importaba lo más mínimo que estuviera lloviendo. Cuando todos abrían sus paraguas y comenzaban a caminar como hormigas ciegas tú ni te inmutabas, seguías caminando como si nada. Quiero decir que, seguíamos caminando como si nada, porque pronto me acostumbraste a ello. Sólo dejábamos de caminar cuando llegábamos a nuestro destino o cuando la lluvia se convertía en tromba y nos obligaba a parar, ya empapados, al cobijo de algún portal.

A pesar de hacer dos años de nuestra ruptura mantengo esa costumbre heredada a la que mis defensas inmunológicas no terminan de acostumbrarse. Esa maldita costumbre y la gota fría que se instaló en la isla el miércoles pasado hicieron que el sábado amaneciera con molestias en la garganta que anunciaban el dolor de cabeza y la congestión nasal que hicieron su aparición esa misma tarde.

Desde ayer estoy tomando un antigripal a base de ácido acetilsalicílico, aleato de clorfenamina, hidrocloruro de fenilefrina, ácido cítrico anhidro, bicarbonato sódico, carbonato sódico anhidro, citrato sódico, manitol (E421), polividona 30, glicina, docusato sódico y sacarina sódica, un remedio que la naturaleza nos había negado y que hoy podemos ingerir gracias a experimentos inhumanos en campos de concentración pero, claro, es mejor no pensar en ello.

El antigripal no ha resultado tan efectivo como cabría esperar tras ver los anuncios comerciales en televisión y, a las doce de la mañana, he tenido que dejar mi puesto de trabajo y venir a casa, a esta casa que ya no es tu casa, y sentarme en este sillón beige que tú no llegaste a ver en el salón, con la mesita a mi derecha en la que siempre hay un libro y hoy, además, una caja de clinex.

Cojo el termómetro digital para comprobar mi temperatura. Doy un repaso rápido y desinteresado a la programación de la televisión. No me he molestado en subir el volumen. Realmente no me interesa lo que hayan programado para este momento, no voy a ver la tele, sólo hago tiempo hasta que el pitido del termómetro me recuerda que tengo 38,62 grados. Tengo fiebre, de eso no cabe duda. Me duele la cabeza, tengo una extraña sensación de mareo, tengo náuseas y todo va a empeorar y, lo hará, porque es lo que busco.

Apago la televisión y cojo el libro que tengo a mi derecha. Es la Divina Comedia de Dante Alighieri. Se trata de una edición del año 1984 con encuadernación rígida forrada con terciopelo rojo. Lo compré hace dos meses en una feria de libro de ocasión. El polvo se ha ido depositando año a año en él y es imposible quitarlo por completo, igual que ese nauseabundo olor impregnado en sus amarillentas páginas. Ese olor, unido a mi estado febril equivale a un golpe seco en la boca del estómago. Vomitaría. Debería cerrar los ojos y dormirme pero, no ha llegado el momento todavía. No hay que precipitarse, sólo llevo quince páginas. Me obligo a seguir con la lectura a pesar de mi estado o, mejor dicho, por él.

Se me cierran los ojos solos, apenas puedo mantener la cabeza erguida. Más de una vez ha estado a punto de escaparse el libro de mis manos y caer al suelo. Sigo leyendo.

Cuando no soy capaz de recordar el tiempo que llevo de agónica lectura dejo el libro en la mesita de forma instintiva, con los ojos cerrados. No sé si la ultima frase la he leído realmente o me la he inventado. ¿Dante habría utilizado esa expresión tan vulgar?

Virgilio se había cansado de hacer de guía turístico y eso que acabábamos de empezar, por eso, cuando atravesamos el vestíbulo y llegamos a la orilla de aquél río turbio y vimos a aquel escuálido anciano, no se molestó en hacer las presentaciones de rigor, conocí su identidad al dirigirse a él en perfecto griego antiguo como Χάρων Khárôn, hijo de Érebo y Nix. Entonces supe que aquél río bravo que lamía la hierba negruzca que pisábamos era el Aqueronte.

A aquel anciano desgarbado no parecía caerle bien mi guía y le contestaba a todo con monosílabos o frases cortas adornadas con una voz áspera preñada de maldiciones e insultos y un entrecejo eternamente fruncido. Luego pude comprender que era el trato que ofrecería a cualquier persona que se acercara a su barca.

Extendió la mano y exigió a Virgilio un óbolo. Me echó un ligero vistazo y subió el coste dos óbolos más. Hirió mi orgullo y pensé que me había descuidado desde que te fuiste, pero era una estupidez pensar en ti en aquella situación. Virgilio le informó que yo pertenecía al mundo de los vivos y el anciano profirió tal cantidad de blasfemias que dejaron de tener sentido, estaba enfurecido y hablaba a dentelladas, lanzando saliva con cada palabra, parecía que los ojos le iban a salir de sus órbitas en cualquier momento. Apenas me miraba, yo no era nada ni nadie para él, mera mercancía y, además, de la que tenía prohibido su transporte. Esta prohibición parecía gustarle al anciano.

Una vez hubo terminado con los insultos y maldiciones, exigió el pago estipulado “para esta clase de mercancía”. El pago, me explicó más tarde Virgilio, consistía en una rama de oro que proporcionaba la Sibila de Cumas. Pero Virgilio negó con la cabeza y aseguró que pasaríamos sin realizar pago alguno. El anciano se negó a ello, dijo que sólo transportó a un vivo sin que pagara este tributo, por lo poco que conocía de mitología supe que se refería a Heracles que redujo al anciano empleando toda su fuerza, por ello el anciano fue recluido en una urna durante un largo año. Virgilio puso sus brazos sobre los hombros del anciano en tono conciliador y amenazante a la vez, le miró a los ojos y le espetó con voz serena “así se dispuso allí donde se tiene la autoridad”.

El anciano pasó al silencio y la calma inmediatamente, eso sí, no dejó de fruncir el ceño y de proferir blasfemias entre dientes. Nos invitó a embarcar y le hicimos caso.

Sabía que en la otra orilla nos esperaba el Infierno, lo sabía pero, en estos instantes lo que me preocupaba era no morir durante la travesía por aquellas aguas en las que todo se hundía excepto la barca del malhumorado anciano.

Soplaba el viento en todas direcciones. Nunca había visto un río con una corriente tan salvaje. A pesar de eso, la embarcación permanecía estable gracias al remo del anciano que demostró que sus correosos brazos poseían una fuerza descomunal. Comencé a marearme. La cabeza parecía que me estallaría en cualquier momento. Noté algo parecido a un golpe seco en la boca del estómago. Me había desorientado y Virgilio, que parecía haber adivinado lo que me pasaba, me agarró con fuerza e hizo que me sentara. Creí que vomitaría en cualquier momento. Respiraba de forma trabajosa y comencé a sudar. Ahora también me preocupaba lo que me esperaba en la otra orilla. Comencé a llorar e implorar que dieran la vuelta. El anciano y mi guía se miraron y comenzaron a reír a carcajadas. Virgilio se agachó hasta ponerse en cuclillas y, posando su mano derecha en mi frente me pidió que decidiera qué quería hacer. El llanto me impidió articular respuesta alguna. Virgilio parecía decepcionado “dejaremos el viaje para otro momento o para otra persona” y ordenó al anciano que diera la vuelta. Inmediatamente supe que la decisión no era la acertada.

Me he despertado con la boca seca y un extraño aturdimiento. Me vuelvo a poner el termómetro, la fiebre ha bajado pero no desaparecido. Miro hacia la mesita de mi derecha al libro de encuadernación roja. Mañana tendré otra oportunidad, siempre que Virgilio esté dispuesto a ofrecérmela.





Relato de Blas Martínez Fernández
Dibujos de Paloma Blázquez

domingo, 16 de agosto de 2009

Sed de mal.Relato a dos manos.

Tengo frío. ¡Qué día más extraño! He tenido un sueño del que sólo recuerdo la sensación de eso, de recuerdo... ¿Cuál era el significado de Mneide? Claro, es el antiguo nombre de las musas. Es curioso, que mi madre me pusiera nombre de inspiradora, ella nunca me contó la razón por la que decidió ponerme este nombre… ¿Qué habré soñado? El sueño se ha esfumado para siempre. Necesito una copa, una copa que caliente la carne, que aleje el entumecimiento, que aleje el miedo. Me bajo en la próxima parada.

Ni un único asiento libre. Me toca ir de pie, y eso que hoy me duelen los pies. Mis pies planos fueron la causa de las burlas de mis compañeros de clase y hoy suponen la razón de que utilice el metro para recorrer distancias tan insignificantes como ésta. ¿Cuántos metros hay desde el punto A al punto B? La distancia más corta no es una línea recta, es una línea de metro. Hoy el punto B es cualquier bar donde me pueda desprender de los recuerdos de mi estúpida vida o, por lo menos, intentarlo si el dinero que llevo encima no me da para la ansiada amnesia.

Las realidades empiezan siempre con un sueño... Me escuece el corte que me he dado esta mañana al trocear el pan.

¿Y ese olor? viene de la mujer sentada en frente de mí. ¡Cómo aferra su bolso! Tiene nieve en el pelo, la luz del metro le pone gamas y temperaturas de frío, su mirada es hacia dentro, algo la crispa, sus manos son garras de presas, una vieja lechuza blanca, huele a musgo como mi tía Sibila que también miraba hacía adentro y leía los posos del té.

El revoloteo en las tripas no me abandonan ni un segundo, ni una milésima, las mariposas muerden, traquetean mis vísceras, quiero acallarlas quiero apabullarlas con alcohol.

En la barra de ese bar, que está cerca, al bajar en la próxima parada, tengo los pies de noche y sed en el alma.

Estoy acostumbrado al frío igual que al fracaso, por eso no me sorprende que una mañana de diciembre haga tanto frío como hace hoy, ni que no haya escrito nada bueno desde… ¿Alguna vez escribí algo bueno? Sí es cierto que he tenido alguna buena idea que otra, como mi relato “Las mariposas hambrientas”. Al principio, incluso Ángeles Mastretta llegó a decirme que… Pero hoy nadie me dice nada porque ya nada escribo, y eso que escribir es lo único que se me da bien.

¿Qué fue lo último que publiqué? Ah, sí, aquél relato en esa revistucha que no se dignó a leer ni siquiera Marina, y eso que por aquel entonces tenía a bien llamarme poeta. Claro que, por aquel entonces, también tenía a bien acostarse conmigo, pero ahora… Creo que me ha salido una ampolla en la planta del pié derecho.

Siento el roce de su brazo aplastándome el pecho, le miro el perfil de soslayo, tiene cara de bruto, las pupilas paralelas al vidrio donde se refleja son concupiscentes, erráticas, está salivando, le doy un codazo disuasorio que sorprendentemente surte efecto.

Cierro un instante los párpados que laten con ausencia de brisa marina que se me cuela por los poros de aquel verano de atraque en el estuario de Shamnon.
La lluvia en mis manos, saltaba sobre los charcos del muelle.

Mi padre volvía, retornaba en el Argos.

¡Qué rubia estás! - me dijo. Entre sus dedos enredó mi trenza. Nunca volví a verle.

Tenía sed de mar, sed de mal, como el nombre del bar del cercano apeadero.

Llevo buena parte de mi vida jugando a ser humano. No soy lo que la gente se espera. No soy lo que creen que soy. Quiero ser igual que tú. Me lo he propuesto una infinidad de veces. Como aquella vez que pedí a Sara que nos fuéramos a vivir juntos. Como aquella vez que preparé el desayuno para Carla. Pero se dan cuenta enseguida. Carla no tardó en decirme que la dejara en paz, que la estaba exprimiendo como había exprimido la naranja para hacer el zumo. Sara me tiró a la cabeza el oso de peluche que le regalé por su cumpleaños mientras gritaba entre lágrimas que eso no se le hacía a la chica a la que amabas. Eso a lo que se refería Sara era un relato que se publicó no-recuerdo-dónde inspirado en nuestra relación. No valía ni la tinta con la que se imprimió.

No soy lo que la gente se espera. No merece la pena que siga escribiendo. Quizá no sea tarde para poner algún negocio. Una tienda de música. Total, hasta ahora he estado viviendo de… ¡Maldita sea! Se me ha parado el reloj.

Viene a mi garganta un canto de mariposas hambrientas, una sonata de recuerdo, un sueño recurrente, un sueño traspasado a... He tenido muchos, como aquel de la canción de Sara...

De pronto le veo. Está a mi izquierda, cerca de la puerta automática. Es un chico con cara de poeta muerto, con el pelo revuelto en oscura rebelión.

Me fascina su figura frágil, sus ojos giran y giran a la par de su extravío, hay en ellos una luz de visionario sin visión, de amante sin amor, de sesión en el infierno, de divino sin comedia, de guerra sin armas ni batalla.

Me ha recorrido un escalofrío acerado sin titubeos en el aire hasta la médula.
¿Le conozco? Le he visto en alguna parte, en otra vida pretérita, presente, futura.

Me levanto como un resorte, no puedo, no quiero dejar de mirarle.

Sin embargo me tengo que apear en la calle del Olimpo.

Es la última vez que me tima el relojero. No pienso llevarlo a arreglar. Total, ¿qué más da la hora que sea?

¿Me está mirando? ¿Por qué tendría que hacerlo?

Esa chica de larga trenza rubia y mirada castaña es el ser más bello que he visto en mi vida. Parece haber salido de un fresco de Botticelli, de alguna canción que alguna vez he escuchado o que algún día escucharé.

Me está mirando. No hay duda. Ya no me importa que el reloj no ande o que me duelan los pies.

No sé porqué, pero creo que mi próximo relato estará ambientado en un vagón de metro. Las musas existen.

En ese instante se abrieron las puertas. Si querían ir a ese bar al que habían planeado ir por separado debían apearse en ese momento.

Se acercaron el uno al otro y se besaron.

  • Relato de Blas Mártinez
  • Relato y dibujo de Paloma Blázquez