jueves, 24 de enero de 2013

Al escondite inglés


Uno dos tres
de qué mano inocente
tres dos uno
ha salido tu nombre
I II III
otra vez mirando a la pared
sin mover manos ni pies
tres primos impares, dos pares y un sino
te ha visto calavín calavera
avanzando
una regla de tres con su incognita al punto de partida
juegan a la inversa eterna
al escondite inglés
dos uno 3 uno dos
apuntando el cero a la izquierda de tu alma sin piel

martes, 22 de enero de 2013

Adiós



No quiero
¿Cuántas más veces tengo decirla

cuántas más esperarla?
No quiero nombrarla no quiero agitar su mano
no quiero tensarla en el paladar

no quiero no ves que no quiero
no quiero silbar su ese de cobra
quiero la h muda del hasta pronto 

No quiero lo redondo de la O
ni una D abstracta
ni una i perdida
ni una a
negando el hasta la vista
a las puertas del adiós
de ese dios que nos da su despedida.

sábado, 19 de enero de 2013

Disfemismo en performance


Sácate del bolsillo la balanza,
los platillos, las pesas de latón
¿Ya te has juzgado?
¿Ya te han juzgado?
¿A qué lado ha inclinado el fiel la romana,
al de las putas o al de los puteros
al de los putos o al de las puteras
al de los puteados o al de los puteadores
que caminan primero
a cuatro patas gateando
después a dos y luego a tres con una sola voz
en los lapidados caminos de la putería lapidaria?
¿De la esfinge de Edipo
o de Pérez de García o de Menéndez
en cualesquiera Tebaslandia
se ha resuelto el enigma del putismo?
Qué putada nos ha hecho

 ¿Verdad? La puta vida
vamos que ni nos lo esperábamos
quién fue o será él que empezó puteando
y arrojó la primera piedra.

viernes, 18 de enero de 2013

María


Despertó al cerrarse la puerta, escuchó a su madre dar traspiés como de costumbre y arrojarse sobre la cama deshecha y tan mugrienta como el resto de la casa.
Enciende la linterna debajo de las sábanas para leer otra vez su libro de magia.
Cuando sea mayor quiere ser prestidigitadora para cambiar con trucos sacados de su chistera de cartón todo lo que detesta y fabricar juguetes irrompibles que jamás nadie les olvide en un rincón.
Le llega el olor a borrachera desde la cama.
Mamá es muy guapa con la piel suave. A veces María levándose de la cama va hasta la de mamá, para sentarse en el suelo tomar su mano y acariciarla hasta la hora de ir a la escuela.
Por la tarde cuando regresa del colegio, su madre le deja cuando lo recuerda dinero sobre la mesa.
Antes de hacer los deberes, en el supermercado cercano comprar algo de comida. 
Al volver limpia lo que puede con unas manos que conservan sus hoyuelos de niña, todavía.
Aborrece ir al colegio, sus compañeros suelen ignorarla como si fuera un bicho extraño, por su ropa pasada de moda descolorida y porque no tiene móvil ni los últimos videojuegos.
Una de ellas, Sandra la pelirroja con pecas rojique le llegan hasta las orejas, le preguntó un día en el recreo porqué nunca venían a recogerla al colegio su madre o su padre.
No tengo padre. Le dijo.
Todo los niños tienen un padre.
Yo no mi mamá me ha dicho que nací de un relámpago sobre el bosque.
¿Eres tonta no? 
Los niños los hacen los padres y las madres se acuestan en una cama desnudos y joden.
¿Qué es eso?
Ya te lo he dicho boba, se acuestan en la cama se baban y gruñen, dan grititos uno encima de la otra o al revés, los padre tienen polla y las madres un agujero abajo por donde se mea.
¿No te lo has visto?
Los padres la meten dentro del agujero luego a veces crece la barriga y sale un hijo por el mismo agujero.
María la mira horrorizada y muda.
Sin darle ocasión de replicar Sandra se ríe de ella y se va aburrida.
Cuando vuelve a casa va mirando a todos los hombres, como si les viera por primera vez, tropieza con uno sin darse cuenta y echa a correr como una cervatilla despavorida.
Va derecha a su cama y busca a granizo su peluche, pasa la tarde hasta la noche inmóvil mirando el techo hasta que su madre al regresar la despierta.
¿Mamá dónde está mi padre?
Nenita ya te he contado...
No me mientas más, dímelo.
Déjame María tengo sueño.
Lo que estás es borracha.
Sólo he bebido un poquito en el bar, sólo una copita después del trabajo, anda acuéstate conmigo como cuando eras un bebé.
No soy un bebé me tratas como si fuera idiota.
Vete de una maldit… sin ni siquiera conseguir acabar la frase cae en la inconsciencia
María vuelve a su habitación saca su chistera y su varita exclama: 
¡¡¡Pradeamindaba!!!
Comienza a salir la niebla mostrando una senda a contraluz con árboles parlantes y peces voladores.
Ah piensa que bien me salen ya los trucos de prestidigitación.

De una zancada entró por ella hasta que el despertador desvaneció el truco con su timbre.
Preparó su desayuno, después tomó un baño en la bañera con la chistera puesta 
y soplando la espuma sintió ganas de sumergirse y hacer burbujas de colores bajo el agua.
Por una ventana abierta suena el Wonderful World de Sam Cooke.
Al finalizar la clase unos días más tarde,alguien vino a buscarla, era un policía, le dijo que tenía que acompañarle a un sitio. 
La llevó a un centro de acogida para menores, la recibió la directora, una mujer robusta, circunspecta le explica que su madre ya no podía ocuparse de ella porque tuvo que irse de viaje.
¿Cuándo volverá porqué se ha ido sin decirme nada?
Tuvo que irse y me temo que no regresará María, a partir de ahora hasta que encontremos un hogar con unos padres adoptivos, vivirás aquí.
¿Y mi chistera, mi varita, Granizo y mi libro de magia?
Ha habido un incendio en tu edificio todo ha sido consumido por el fuego.
María palidece y comienza a llamar a gritos a su madre.
La directora llama a la psicóloga, entre las dos consiguen tranquilizarla.
Adaptándose a la nueva situación vive en el centro, continúa en su escuela, pero María mantiene una actitud ausente como un autómata limitándose hacer todo lo que le dicen.
Una noche en el centro una niña la sacude para despertarla con los por ojos risueños, una sonrisa pícara y reluciente.
Hola, me llamo Miriam y ¿tú?
María, no te había visto por aquí, le responde restregándose los ojos por el sueño.
He llegado hoy pero ya he estado aquí otras veces. 
Conozco un sitio secreto genial en el centro para jugar. ¿Quieres venir?
Miriam y María son inseparables hablaban y juegan a todas horas.
María acompáñame por favor al despacho.
¿Con quién hablabas? le interroga la directora.
En ese momento le suena el móvil, le hace un gesto para que la siga.
Sí de acuerdo te llamo después. 
Siéntate y dime con quién hablabas.
Con Miriam.
¿Quién es Miriam? Ah ya comprendo una amiguita invisible.
No es invisible vive aquí.
María, a veces cuando alguien se siente solo inventa un amigo, eso es muy bueno no te preocupes. Mañana te irás a un hogar nuevo con unos padres estupendos que están deseando  cuidarte.
¿Te gusta la idea?
María asintió, la directora la dejó irse.
Miriam no acudió para cenar, las luces del dormitorio se apagaron y fue cuando Miriam apareció patinando sobre el suelo con sus calcetines de mariquitas y la risa sofocada pero cascabeleante, llevando en los brazos algo que María le es imposible distinguir en la oscuridad.
¿Dónde has estado? Inquirió María.
Fui a buscar algo para ti. Le mostró la chistera y la varita.
Por la mañana cuando fueron a despertarla encontraron a María recostada en la almohada con los ojos errabundos y una levísima sonrisa en su cara aún tibia. 

miércoles, 9 de enero de 2013

El ascenso



El sol ilumina la torre de una nueva Babelburgo con un exterior de aluminio negro en 4.5 millones de pies elevándose cuadrando 72.000 yardas cúbicas de opresivo hormigón, 2000 millas de arterias eléctricas y con 16.000 ojos de cristal en bronce transparentes.
 Un coloso de 106 pisos con nueve tubos sustentando su estructura hasta la azotea.
El arquitecto que lo diseño descubrió esta serie de tubos de acero  que proporcionaría al baluarte que decrece en sólo dos tubos a partir del piso 90 hasta su cúspide de esqueleto robusto aumentando su solidez y ligereza.

El interior se encuentra ocupado por oficinas y comercios en su totalidad.

En el segundo piso trabaja de contable una chica de pelo castaño.
Tiene una cara pálida y sus ojos son del color del cobre, muy separados igual que los de los niños. Un cuello largo se une al resto de el cuerpo de mediana estatura que de tan flaco es un soplo.

Nunca coge el ascensor y suele subir por la escaleras con unos pasos tan tímidos y taciturnos que apenas nadie se percata de su presencia.
Suele hacer horas extras hasta la noche para regresar a casa lo justo para dormir unas horas.

El vigilante nocturno del edificio es delgado, muy alto con una osamenta desmañada.
En el rostro, los ojos semihundidos debajo de las cejas, que de tan rubias son casi blancas, 

engarzar una nariz prominente y los pómulos altos. El pelo de un rubio ceniza muy corto. 
Reservado y lacónico provoca la curiosidad de todos los que le conocen, sin embargo un hermetismo disuasorio contiene a distancia cualquier intento de averiguación.

El vigilante nocturno vigila a la mujer contable, jamás le habla únicamente la mira ir y venir.
Una de esas noches, por un impulso o en un acto de valentía, ella coge el ascensor interior para irse a casa, pulsa el botón del vestíbulo. Baja con rapidez, cuando está a punto de abrir las puertas de acero, se detiene y comienza a subir de nuevo vertiginosamente.
Ella sudando intenta pulsando todos los botones, que el ascensor baje o se detenga.
Aterrorizada ve como  dos cables penetran por el techo y las rendijas, en silencio los cables de acero chisporrotean y ella casi sin respiración se desmaya.
Cuando recobra el conocimiento el vigilante está sentado junto a ella con sus piernas desgarbadas.
¿Te sientes bien? dice él.
Ella le escucha aún sin focalizar la mirada, le da su mano y él girando su palma la cobija entre la suya.
El ascensor comienza a subir otra vez, ella da un respingo pero él acercándose le musita algo al oído, ella respira hondo, muy hondo.
Los dos se yerguen del suelo mirándose ella apenas le llega al hombro.
Al fin el ascensor abre la puerta del piso 106 para ofrecer la azotea con un Skydeck en una panorámica que puede alcanzar una vista de 80 kilómetros dependiendo de la visibilidad del día.
Las luces de la ciudad cabrilleando la atmósfera a lo lejos.
Ven dice él y ella sin reticencia acepta.
En el centro de la inmensa azotea él posa sus dedos sobre su frente, sus ojos, recorre su nariz y va dibujando su boca como lo haría un ciego.  
Sutil casi imperceptible llega a su cuello deteniéndose para después bajar hasta el inicio de sus pechos y ella entonces le abraza.
Cuando despertaron vieron el crepúsculo, entonces volvieron a vestirse porque hacía tanto frío y estaban tan helados que ardían.
Por primera vez se besaron.

Los fuegos artificiales encendieron esa noche con palmeras de colores resplandecientes cayendo en la bahía.
Por primera vez se sonrieron.
Sin darse cuenta se fueron aproximando al borde de la azotea, miraron al vacío, ella se estremeció y dio un salto hacia atrás.
Al ver que él no se movía volvió a su lado cogiéndole de la mano y miro otra vez al abismo.
Sintió un miedo espantoso, retrocedió otra vez sin soltarle la mano.
¿Tienes vértigo? Dijo él.
Sí. Respondió ella.
Algo en sus ojos la hizo aproximarse de nuevo, se miraron durante un instante que pareció eterno.
Cuando volvió a mirar el abismo quedó fascinada por la profundidad que se abría, seducida sintió el deseo de caer.
Él la levantó en un impulso, subidos a la cornisa fue entonces cuando saltaron.
El ascensor cerró sus puertas.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Porqué llora el sauce




Mientras tomo un café con magdalenas Frida hace cabriolas y me dice apúrate ya no llueve, vamos al parque.
Me llevaré la máquina, para hacerle una foto al lánguido sauce deslizando su peso líquido por las hojas.
Cerramos la puerta y bajamos escaleras. 
Frida corriendo como siempre.
Espera antes de salir a la calle, ponemos la correa loquita mía.
Vale me dice ella, pero ya sabes que te llevo yo de paseo.
Ah sí ya lo sé ¿Me soltarás en el parque?
Bueno me lo pensaré mi paloma oscura si te portas bien...
Cumple su promesa y me deja libre por la yerba recién segada.
Abro el diafragma visualizo la foto, un terrier me ataca el bajo del pantalón.
Perdona, me dice una mujer ¿Te ha estropeado algo
Don?
No, no se preocupe (cierro el diafragma) se deja caer sobre el banco, me siento a su lado
no sé porqué.
Don y Frida han decidido examinar sus respectivas retaguardias como ya son amigos nos olvidan jugando.
Sentadas en silencio debajo de la impenetrable sombra del sauce.
De pronto dice, no debería estar aquí he dejado solo a mi marido tiene Parkinson.
Me siento tan cansada...
Tampoco ayuda esta llovizna que no cesa, me duele todo el cuerpo, añoro la brisa seca de mi pueblo.
Cuando niña cuidaba de mi abuela, después de mi madre, mi padre, mi suegro, mi suegra, mi hermana hasta que murieron, después a mis hijos hasta que se fueron, ahora a mi marido. 
Me he pasado la vida cuidando a todos.
Estoy tan cansada...
La miro y veo todas esas caras en un retrato robot, que han borrado su rostro 

y me parece que el sauce llora por ella.

sábado, 1 de diciembre de 2012

La rueda


Apenas duerme, lo impide la banda sonora de una tormenta de relámpagos, similares a los que dieron vida, al monstruo melancólico que lloraba a la orilla del lago, al lado de una niña con una muñeca en los brazos.
De pronto la canción de un borracho desvanece la evocación. Cuando al fin se calló, se durmió unas horas, hasta que el timbre del despertador tocó.
Al abrir la puerta del coche las manos le tiemblan un poco, mete la llave en el contacto; pisa el embrague, mete la primera, después la segunda, pisa de nuevo a fondo el acelerador, ahora la tercera, aminora la velocidad acaba de amanecer.
Piensa en la marcha atrás del coche y en el ojalá pudiera hacer lo mismo con su decisión.

Sintiéndose amedrentada, sin saber muy bien porqué, ni como va a manejar la situación.
Le viene al pensamiento una obsesiva imagen del cuadro: La rueda de presos de Vincent Van Gogh.
Aparca a unos metros de la entrada al penal, para antes fumarse un canuto.
Vas de mal en peor, sólo a ti se te ocurre fumarte un porro en la puerta de la cárcel de mujeres, piensa con una ironía pueril que le arranca una risa fácil.
Dos caladas lo tira sintiéndose un tanto relajada al menos no le tiemblan las manos.
Pasa el control de la puerta, al aparcar advierte a una funcionaria que la espera. Saludándose la acompaña a los talleres de actividades para presas.
La funcionaria le comenta, que el nuevo taller ha tenido aceptación con las reclusas quizá por la novedad.
Bien, aquí es, la esperan, todas suyas, debajo de su mesa hay un timbre por si necesita algo o hay algún incidente.
Su voz tiene una tonalidad tan metálica como la puerta que se cierra tras el chasquido hermético, al penetrar por ella.
Saludando se presenta, diciendo su nombre e invita a las mujeres que la miran con curiosidad, a que le digan los suyos.
Distribuyendo material sobre las mesas, les pidió para comenzar, que tratarán de dibujar un bodegón sencillo que improvisa sobre su mesa.

Le sorprende la docilidad con que colaboran y durante unas horas todas ellas se afanan en su dibujo, todas menos una que mira al vacío tan inmóvil como una escultura de yeso.
Sus ojos son dos piedras de basalto negrísimas sobre un rostro muy pálido, entre sus abrazos guarece una muñeca de trapo.
Con alivio comprueba que ha terminado su primera jornada.
Cuando abre la puerta del coche, mira el edificio ominoso, sintiendo una gran vergüenza pero de si misma, va a volver mañana, ya no puede dejar de hacerlo.
Sube al coche después de unos kilómetros lo aparca cerca de una vereda para sentarse cerca del río. 

Rememora cuando él la llamó, si lo aceptas ya tienes trabajo.,
A pesar de todas las veces que la engañó con conocidas con desconocidas, hasta que cansada de ese amor tormentoso de idas y vueltas, le dejó.
Sabe que pesar de todo, nunca podrá dejar de quererle, él a ella tampoco.
En la distancia trata de cuidarla aunque tiene a otra mujer más joven, más alta, más rica, más alegre y una hija.

 Ese fue otro de los problemas que ella no podía tener hijos.
Se quedó sola con su único amor que también la maltrata.
Dos años desde que él no está y ella encerrada en su taller destroza todos sus cuadros, su marchante harto también ha dejado de llamarla y hostigarla.


Los meses siguientes se entregará a estas clases con las presas excavando juntas túneles dentro y fuera de si mismas.
Ladronas, estafadoras, drogadictas, prostitutas, asesinas, pintan, todas menos una.
Nunca habla, ni participa limitándose a sentarse delante de su caballete de mesa, en una total inmovilidad.
Las otras observándola con desprecio e incluso cuando creen que no las ve la escupen.
Una mañana no ha venido al taller, pregunta a las otras por ella.
Está en la enfermería alguien le ha dado su merecido a esa puta que mató a su hija, dice con sarcasmo una de ellas.
¿Por qué estás tú aquí? Le pregunta.
No me lo digas no quiero saberlo ya te han condenado ¿verdad ? no estoy aquí para hacerlo yo.
Es que... intenta proseguir.
Basta, me has entendido, basta. 

Durante unas horas al día tenéis un papel o una tela con un espacio o una puerta abierta para salir o entrar allá donde queráis ir.
¿Os sirve para algo?
Supongo que no, pero: ¿Tenéis algo mejor que hacer?
No me importa si sois ladronas, putas, drogatas o asesinas,

si tenéis razón o ninguna para lo que habéis hecho y ni que incluso cuando salgáis continuéis haciéndolo.
Os doy las gracias, por venir todos los días para pintar, ahora por favor sigamos.
Después de la clase pidió verla en la enfermería.
La encontró en la cama con los ojos cerrados uno de ellos hinchado, la cara magullada y los dedos de la mano izquierda rotos. Sin decirle nada le dejó su vieja muñeca de trapo junto al embozo.
Después de unas semanas volvió con ella en su regazo,para quedarse tan inmóvil como de costumbre.

Los meses siguientes desarrollaron de una actividad intensa involucradas en una obra conjunta, un patchwork que expondrían en los muros de la cárcel.
Pintando en una total complicidad, como si nada fuera más importante que eso. Incluso la presa taciturna comenzó a hacerlo, volteando su cuadro sobre la pared para que nadie lo vea.
Una mañana estaba expuesto, concluido sobre el caballete.
Por primera vez la miró para atraer su atención, con un impulso se levantó para ver el cuadro.
Sobrecogida al verlo intenta hablarle pero ella con suavidad levantándose le deja la vieja muñeca abandona el taller y todas intuyen que no volverá.

Al volver a su casa comienza un collage, primero una caja traza y recorta unas rejas, después dibuja la cara del monstruo de Mary Shelley; un ojo con otra una reja en su iris, una respiración contenida en la nariz, una boca silenciosa y una cara de muñeca con dos rosetones rosa y sin labios.
Cuando termina prepara además un fondo negro para la caja cárcel y con hilos oscuros traspasa los dibujos con la misma aguja vuelve a traspasar el borde de la caja para suspenderlos entre las rejas. 

Los hilos del móvil con los dibujos giran en un oscilación perpetua rotando sobre si mismos con sus sombras proyectadas moviéndose en el fondo.
Alejándose lo mira y un sollozo le rompe sobre el cuello.